Ezequiel Justiniano, un marplatense conquistando el espacio desde Estados Unidos
La historia de Ezequiel Justiniano es realmente inspiradora. Empezó estudiando ingeniería mecánica en la Universidad Nacional de Mar del Plata, y luego, tras una serie de experiencias y desafíos, se mudó a Estados Unidos para hacer un doctorado en ingeniería aeroespacial en Texas A&M University.
La transición no fue fácil. Ezequiel enfrentó la frustración de ver cómo su emprendimiento en Argentina no prosperaba, lo que lo motivó a buscar oportunidades en el exterior. La beca Fulbright, que inicialmente no obtuvo en su primer intento, fue clave para su traslado a Estados Unidos. La burocracia, los exámenes y la planificación necesaria para mudarse a otro país fueron intensos, pero finalmente, logró establecerse y continuar su carrera en la investigación aeroespacial.
El cambio de vida que vivió fue significativo y desafiante, pero también una experiencia de crecimiento personal y profesional. La decisión de mudarse del país, dejando atrás su vida en Argentina, fue un proceso complejo, marcado por nervios y adaptaciones, pero también lleno de oportunidades para su desarrollo profesional.
En lugar de seguir un camino lineal, su trayectoria laboral tuvo una carrera tan sinuosa como enriquecedora debido a diversas experiencias laborales y desafíos personales. Comenzó trabajando como ingeniero mecánico, lo que le permitió adquirir habilidades prácticas que posteriormente aplicó en su doctorado. A lo largo del recorrido, enfrentó desafíos como la burocracia migratoria y la incertidumbre laboral, lo que le enseñó a manejar situaciones de alta incertidumbre y a mantener la calma.
En su trabajo con la NASA, participó en experimentos complejos, como uno en el que se intentó visualizar el movimiento del aire utilizando un sistema de velocimetría de imágenes de partículas (PIV). Este experimento requería llenar un túnel de viento con humo y usar un láser para iluminar las partículas, permitiendo a las cámaras capturar imágenes precisas del flujo de aire. La complejidad y el éxito de este experimento, a pesar de los numerosos riesgos y desafíos, es una fuente de gran orgullo para él y todo el equipo. Los resultados formaron parte de su tesis doctoral y fueron aceptados para su publicación en una prestigiosa revista científica.
En diálogo con Radio Brisas en el programa Un Lugar en el Mundo, Ezequiel Justiniano contó su historia y dejó importantes enseñanzas de vida gracias a sus experiencias laborales mientras sigue trabajando para mandar satélites al espacio.
¿Cómo tomaste la decisión de irte a Estados Unidos?
En 2014, fundé una pequeña empresa de ingeniería con dos amigos, y nos fue bien hasta que los proyectos aeroespaciales nacionales en los que trabajábamos se cancelaron. Sentí frustración al quedarnos sin trabajo, y eso me motivó a buscar oportunidades en el exterior. Comencé a aplicar a becas, y aunque tardé varios años, finalmente obtuve una beca Fulbright en 2018 para realizar un doctorado en Estados Unidos.
¿Qué fue lo que te ayudó a conseguir la beca Fulbright después de un primer intento fallido?
La primera vez que apliqué en 2016 no obtuve la beca, lo cual fue un golpe duro. Sin embargo, un amigo que ya había pasado por el proceso me ayudó a mejorar mis ensayos, mis cartas de recomendación y, sobre todo, mi capacidad para "venderme" bien, algo que es clave en Estados Unidos. La segunda vez, en 2018, ya estaba mejor preparado y finalmente fui seleccionado.
¿Cómo fue tu llegada a Estados Unidos y tu adaptación?
Llegué en 2019 a Texas, a la Texas A&M University. Al principio fue difícil adaptarme, sobre todo por el idioma y las diferencias culturales. El primer impacto fue el calor extremo de Texas, que no me esperaba. Aunque entendía inglés y lo leía bien, hablarlo me costaba mucho. Vivir en un entorno donde no tenía otra opción que hablar inglés fue un gran desafío.
¿Cómo organizaste tu vida antes de llegar?
Antes de mudarme, investigué sobre dónde vivir. Me hice un Excel con todos los posibles departamentos para alquilar, organizados por precio y ubicación. Esto me permitió llegar a Estados Unidos con un lugar donde vivir ya asegurado, lo cual fue clave para evitar el estrés de buscar alojamiento al llegar. Luego, ese mismo Excel lo compartí con otros becarios, quienes también lo usaron para encontrar vivienda.
¿Cómo llegaste a trabajar en proyectos de investigación financiados por la NASA y la Fuerza Aérea de Estados Unidos?
Antes de llegar a Texas A&M, me puse en contacto con varios investigadores, entre ellos el Dr. Edward White, quien se interesó en trabajar conmigo. Empecé trabajando en un túnel de viento con la Fuerza Aérea para investigar fenómenos aerodinámicos que podrían mejorar la eficiencia de los aviones. Luego, surgió una oportunidad para colaborar con la NASA en un proyecto sobre alas con "microjets", una tecnología innovadora para mejorar el rendimiento de los aviones de pasajeros. Así, terminé trabajando en ambos proyectos en paralelo.
Llegaste a las grandes ligas... Cuándo veías que todo empezaba a funcionar, que ibas para adelante, ¿estabas convencido de que estabas donde tenías que estar?
Esta es una gran pregunta. Y motivo de mucha reflexión durante los años acá en Estados Unidos. La verdad que era muy evidente el sacrificio que uno había hecho para estar acá. No tanto por el nivel de esfuerzo, que era alto, y además considerando lo que fue la pandemia. Hacía 11 años que me había mudado a Bariloche, viví allá, tenía mi gente allá, tenía mis actividades, iba a la montaña a esquiar, corría por la montaña en verano y me volvía. Viajaba mucho a Mar del Plata, disfrutaba de mi familia, siempre iba a pasar las fiestas, un montón de cosas culturales que yo tenía que dejar de lado. Y más con la pandemia, que me mantuvo dos años sin poder viajar.
Pero, bueno, por otro lado, era decir: tengo que valorar dónde me metí. Y ahí es donde también jugaba un poco decir... a veces el esfuerzo era muy grande y la intensidad con la que trabajábamos era alta, mucha incertidumbre, y eso te llevaba a concentrarte en esas variables generalmente. Había veces que costaba, pero había que hacerlo, ese ejercicio de parar un poco la pelota y valorar un poco lo que uno había logrado. No solo pensar en lo que uno había tenido que resignar o en lo que no podía acceder, como mi gente en Mar del Plata, mis salidas a la montaña en Bariloche, ese tipo de libertades.
Siempre todo te va a traer cosas positivas y negativas. El problema es cuando uno se concentra en lo que no tiene y no puede valorar lo único de lo que está experimentando. Y eso fue un ejercicio para mí, que me costó. Son experiencias que te ponen un poco al límite en ese sentido y te obligan, en cierta forma, a parar la pelota y valorar un poco las cosas que estás viviendo. Y no hacerte tanta mala sangre o ponerte mal por las cosas que estás dejando de lado.
¿Cómo llegás a Skyloom para empezar a trabajar en satélites?
En 2022, durante un experimento para la NASA en Texas, el motor del túnel de viento de nuestro laboratorio se rompió sin repuestos disponibles. La reparación tomó tiempo y la universidad nos asignó tareas administrativas mientras tanto. Un socio que trabajaba en Skyloom, una empresa de conectividad láser entre satélites en California, me sugirió unirme temporalmente a ellos. En junio, manejé hasta California y trabajé como pasante en varias áreas. Aunque me pidieron quedarme, decidí terminar mi doctorado primero. En 2023, después de completar mis estudios, acepté una oferta de trabajo de Skyloom y me mudé a Colorado, donde ahora trabajo.
Algunos momentos de tu trabajo parecen de película...
El último experimento que hicimos para la NASA fue totalmente ciencia ficción. Mi director me dijo que este era el experimento más complejo en la historia del laboratorio, y realmente lo fue. Tardó unos dos meses y alcanzamos casi todos los objetivos propuestos. Lo más impresionante fue que logramos ver literalmente el aire. Usamos un sistema de "Particle Image Velocimetry" (PIV), llenando el túnel de viento con humo y utilizando un láser para iluminar las partículas. Las cámaras capturaban fotos en intervalos de 20 a 30 millonésimas de segundo, y un software especializado analizaba el movimiento de las partículas para generar imágenes del flujo de aire.
Durante el experimento, todo tenía que estar oscuro y protegido del potente láser. Además, el motor de 3000 caballos de fuerza estaba funcionando al máximo, y el aire se inyectaba desde un tanque externo. Coordinamos un equipo grande, moviendo cámaras y ajustando parámetros constantemente. Después procesamos los datos y creamos un collage de imágenes.
Fue una experiencia intensa, pero logramos resultados exitosos. Estos datos fueron parte de mi tesis doctoral y recientemente se publicaron en una prestigiosa revista científica.
Y otro momento de película fue en noviembre del año pasado cuando pudimos lanzar nuestro primer prototipo de Skyloom al espacio con SpaceX. Fue un momento muy emotivo. Estábamos todos reunidos en una sala con televisores gigantes viendo el lanzamiento en vivo. La emoción era indescriptible, porque habíamos trabajado intensamente en cada detalle de ese proyecto. Había tanto esfuerzo, interacción humana, y decisiones detrás de todo esto. Ver el prototipo llegar a órbita fue increíble, algo que no olvidaré nunca. Espero que vengan más lanzamientos, ya que tenemos muchos objetivos por cumplir.