Tres Gordos: Un sueño de hermanos de camiseta
Tres amigos deciden poner un bar en Balcarce y Dorrego. Como se denominan “gordos profesionales”, el número de socios y su apariencia física forman el nombre del emprendimiento. Tres Gordos, porque “nos gusta comer como en nuestras casas”, como asegura Leandro, uno de los dueños.
En marzo, el bar que pusieron los amigos de un club de barrio como Pueyrredon, va a cumplir dos años. Allí está la clave, la esencia. Amistad y barrio. Buena comida, precios accesibles y cálida atención. Nada puede salir mal.
Para Leandro, el secreto para que vuelva la gente es ofrecer "una experiencia completa". Un ejemplo: "hace poco un señor se puso a llorar porque las albóndigas eran como las que le hacía la madrina que lo había criado y nunca más las había comido”.
Productos de calidad, ticket accesible y buena atención. “Nosotros, como digo yo, somos tres gordos profesionales y lo que nos gusta comer lo trasladamos al negocio. Si la carne picada viene con grasa, el cocinero ya sabe que la tiene que devolver", ejemplifica.
¿Mas pruebas? “Queremos que la gente siga viniendo porque gasta siempre lo mismo. La calidad intentamos que sea mejor, aunque muchas veces nos comemos costos y tenemos reducción de ganancia. Siempre intentamos ser fieles al cliente".
"Estamos en la esquina de un bar de barrio, por esta calle Dorrego pasás siempre, tenés la plaza a una cuadra. El barrio nos acompaña un montón porque le damos vida", remarca Leandro.
Sobre el inicio del proyecto, quien trabaja además en el puerto desde los 19 años cuenta que “esto era un local abandonado, una carpintería que estuvo casi 30 años cerrada, una esquina oscura”.
"A pesar de los años de abandono, estaba bien conservado porque estaba bien cerrado. El techo, el piso y el baño son originales, y en el piso hay marcas de las máquinas. La barra es un barco de carpintero", describe Leandro.
"La casa del costado y la de acá a la vuelta es toda una misma propiedad. La dueña falleció y la sobrina, que es que la cuidaba, la llevaba al geriátrico y todo lo demás, la heredó y nos lo alquiló", rememora, luego. "Hicimos reformas, obviamente. Un baño más que es lo que nos pedía la municipalidad, y la cocina arriba que es donde se elabora a la mañana”, amplía.
El inicio no fue como esperaban, aunque tuvieron paciencia y el tiempo les dio la razón. "El primer día vendimos una cerveza de litro, nada más. El segundo día vino más gente, después vinieron los del barrio, vieron el concepto, le dimos manija en las redes y si me decís a mí, lo que más pegó fue la conjunción de la comida y el lugar. El concepto del bar de barrio, aunque estuviera en una esquina negativa, que no la ves cuando pasás en auto", reconoce Leandro.
"Fuimos aprendiendo, mejorando y poco a poco la fuimos pegando, aunque no me gusta decirlo así porque parece una moda y nosotros queremos ser un clásico, que la gente siga viniendo a esta esquina", remarca con convicción.
¿Productos de calidad? "El panqueque me gusta con el dulce de leche Chimbote porque yo me crie en Parque Luro e iba con mi primo con un tupper a buscarlo calentito. Yo quiero comer eso. Los boquerones los traigo yo del puerto porque los hace un amigo y el fiambre lo hace César de Lecorve", dice Leandro.
"Marcos que es nuestro cocinero, hace las albóndigas, el matambre que es una locura, y lanzamos el sandwich de vittel toné, que es en un pan de batata y tiene cuatro o cinco o fetas con huevo duro arriba. Acá comés lo que comés en tu casa", agrega.
Laburar con amigos
"Nosotros tenemos una construcción deportiva, del rugby, de deporte de equipo, de conjunto. Y quiero estar siempre con mis amigos, aunque muchas veces no podemos juntarnos acá porque gracias a Dios nunca hay lugar", refiere Leandro.
"Laburar con amigos es fácil porque cada uno tiene un rol, cada uno se ocupa y confía en lo que hace el otro y así funciona. De la parte comercial se encarga Rodri y yo no sé ni qué acuerdos hace, yo estoy con el día a día, con los empleados y Ernesto se ocupa de la logística, de un montón de otras cosas junto con la mujer, Bárbara, que es nuestro comodín estrella como le decimos nosotros, que se encarga de lo administrativo", afirma.
Amistad, emprendimiento y dinero. A pesar de los riesgos, Leandro tiene todo muy claro: "le dije a Rodrigo que si una vez discutimos o nos peleamos por el negocio yo me abro y seguiremos siendo amigos y no me importa nada la plata. Lo pusimos, nos va bárbaro, tenemos empleados, pero si nos peleamos por esto me corro yo, no me importa quién gana o quién pierde".
A la hora de elegir su preferido, Leandro se queda con el sándwich "Leandrito" que tiene albóndigas con salsa y queso gratinado en un pan de batata, aunque también recomienda las pizzas. "La picada de fiambres es excelente", asegura.
Además, reconoce que más allá del éxito de su emprendimiento, va “pidiendo consejos porque no soy de gastronomía. Estamos aprendiendo todos los días. Patricio Negro es un papá que lo conozco desde el jardín, a Joaco de Las 40 le comprábamos las cajitas de charcutería desde antes que tuviera el bar porque entre gordos nos seguimos. Leo Perales, de Furia, es un amigo de la vida también, Lisandro de Lo de Tata lo mismo".
Sobre el futuro, anticipa que “tenemos la idea de ampliar la cosa. Arrancamos jugando y nos gustó y queremos ir a más. La idea es abrir otro más en Mar del Plata y en lugares cercanos, siempre respetando el concepto. Tiene que tener la misma magia".
Leandro, Rodrigo y Ernesto, amigos del rugby que se conocieron en un club de barrio como Pueyrredon y que, años después, pusieron un bar de barrio que es un éxito y apunta a permanecer. Un negocio que va para adelante como un scrum potente. Un sueño de hermanos de camiseta que estos Tres Gordos ya cumplieron.