Il Capo, el “primer hijo” de Eliana y Pedro que cumple 44 años
Il Capo es el “primer hijo” de Eliana y Pedro. Nació en 1981. Dentro de poco cumplirá 44 años. Es una parte importante de la historia gastronómica de la zona norte y también de Mar del Plata.
El matrimonio “tuvo” primero a la sandwichería y después nacieron Bárbara, Muriel y Nicolás. Los últimos dos, están a cargo del negocio desde hace cinco años mientras que la mayor vive en España.
“Yo soy del 88, Il Capo fue el primer hijo de mi papá”, dice Muriel, sentada en una de las mesas que dan a Constitución, en el inicio de una charla llena de emociones que se extendió por media hora. “Nací acá, tengo miles de recuerdos”, agrega.
“Cuando lo iniciaron estaban en la cuadra anterior, en donde hoy hay una funeraria. Empezaron alquilando el local, después se fueron para la siguiente esquina y finalmente compraron esta que era un terreno desocupado, en 1988. En 1989 inauguraron el lugar actual”, refiere.
El Il Capo de Constitución y Roffo fue construido desde cero. "La gente le decía que estaba loco. En esa época era la avenida de la noche, no de los restaurantes. Solo estaba Don Genaro y el de los vagones. No le tenían fe, pero fue un visionario. Tuvo suerte también y mucha gente lo ayudó", recuerda.
Entre los que ayudaron, destaca a Juan Manuel Landa. "Le dio todos los ladrillos y le dijo que cuando terminara la primera temporada le pagara", cuenta. "También hubo otro montón de gente dio una mano", reconoce.
Pedro, oriundo de Labarden, trabajó desde muy chico. “A los 12 o 13 años se vino a solo a vivir a Mar del Plata y a trabajar con un despensero. Hizo de todo, siempre me cuenta historias. Tuvo muchos emprendimientos”, cuenta su hija. Y ellos, fueron “mamando” eso y también comenzaron a trabajar desde chicos en Il Capo.
¿Cómo surgió la idea? Es que Pedro el Laburante estuvo muchos años “en otra sandwichería que está en la costa”. Allí llegó hasta el puesto de encargado y era la mano derecha de los dueños, “una pareja de gente grande que tenía hijos chicos”.
Al ser la cara visible, los clientes, creyendo que era el dueño, le decían El Capo porque “se encargaba de todo”. Cuando falleció uno de los dueños de ese otro restaurant, “mi papá se fue, se casó con mi mamá en el 80 y decidieron emprender ellos. Con todo lo que adquirió y aprendido de trabajar en gastronomía, decidió hacer algo similar”, reseña Muriel.
El tiempo pasó y Pedro, hace algunos años, debió dejar de poner el cuerpo y el alma en su primer hijo. "Lo dio todo acá. Hace unos años se jubiló, tuvo unos problemas de salud y perdió la visión. Fue muy duro decirle que no venga más. De acá no lo sacabas con nada, fue forzoso porque no le quedó otra alternativa, si no iba a estar acá de pie. Siempre fue así. Era el primero en llegar y el último en irse", dice Muriel.
Más allá del golpe, Il Capo siguió firme. Una de las claves para mantenerse y ser un clásico, es que "desde hace 43 años que mantenemos la misma calidad. Hay clientes que vienen a comer el sándwich de matambre arrollado casero desde que eran novios y hoy traen a los nietos. La receta sigue siendo la misma. El otro clásico es el lomito completo. Ese no falla".
¿Por qué se mantiene? “Mi papá siempre dijo que prefiere que los clientes vengan tres o cuatro veces a la semana, que lo tomen como un disfrute. Que se pueda hacer seguido y que no sea una vez cada tanto. Es familiar, rápido, económico, rico y simple”, dice Muriel.
"Hay familias que vienen cuatro o cinco veces a la semana, a almorzar o a cenar. Más que arrancarte la cabeza cobrándote algo como si fuera un lujo, preferimos darte algo accesible que lo puedas hacer las veces que quieras", extiende.
En Il Capo, por turno, trabajan alrededor de 13 personas. Y hace 20 años que también ofrecen pizzas y empanadas "para darle una vuelta". Es un clásico, por ende, hay cosas que no cambian: la comanda o el papel donde se anotan los pedidos y luego pasa a la cocina. “Lo dejamos porque es práctico, nos sale automático y yo me críe con eso”, dice La Jefa.
Otra cosa que no cambió es el logo, el chorizo con galera y bigotes, que es el mejor homenaje a Pedro el visionario. "Igual, desde que estamos con mi hermano a cargo, modificamos algunas cuestiones, siempre sabiendo que la estructura funciona perfecto”, reconoce Muriel.
“Decidimos mejorar la estética y poner un turnero porque toda la vida al cliente se lo llamaba a los gritos desde la cocina, pero cuando el salón estaba lleno se amontonaba mucha gente porque desde lejos o desde afuera no escuchaban", agrega.
"Nunca quisimos poner mozos, por ejemplo, porque no es la dinámica del negocio, en cuanto a la comodidad y la sencillez. Hay gente a la que no le gusta, pero bueno. Otros preguntan por qué si es autoservicio, se paga al final. Es porque abonás después de comer, en cualquier restaurante. Confiamos en la gente hace 43 años. No se van sin pagar. Y si se van, quedarán escrachados por las cámaras (risas)", cuenta.
A lo largo de tantos años, tantos clientes y debido a una herencia de Pedro, "tenemos relación con muchos clientes, eso me lo inculcó mi papá. Les conocemos la vida. Muchos le mandan saludos y cuando le cuento se acuerda de todo del mundo. A la gente le encanta ese mimo. Más a los grandes. Me pongo a charlar. Una señora vino con los nietos y le contó que su papá, o sea el hijo, se ganó la primera bicicleta en los sorteos que se hacían acá. Se sorteaban también motos y televisores".
"A la gente le gusta recordar. Muchos vinieron cuando eran novios. Son 43 años, son un montón de años, mucha historia. Y hay cosas que no podemos cambiar. Hay clientes de 90 años que no se hallarían. Con el sistema de la comanda puedo integrar a todo el mundo. Los más chiquitos y los más grandes se sienten cómodos por igual", refiere Muriel.
En casi 44 años, Il Capo se convirtió en un ícono, un clásico. Un lugar que parece haberse quedado en el tiempo pero que a la vez ha logrado aggionarse para mantenerse.
Los que fueron de chicos y hoy van con sus hijos, vuelven al pasado porque la esencia, la estructura y los sabores se mantienen. Pedro y su legado, la familia, la sencillez, el buen trato y los platos abundantes, ricos y económicos: un combo perfecto que se llama Il Capo, atravesó generaciones y épocas y va por más.