2025-06-18

“Ya no damos abasto”: los comedores de Mar del Plata enfrentan el hambre con menos recursos cada día

La imagen se repite en varios puntos de la ciudad: filas cada vez más largas, alimentos cada vez más escasos.

Mar del Plata, esa ciudad que en verano se muestra vibrante y llena de turistas, también tiene otro rostro, más silencioso y crudo. Uno que se refleja en los más de 160 comedores y merenderos que funcionan en los barrios populares. En un contexto de crisis económica, con la pobreza en aumento y el desempleo golpeando fuerte, estos espacios se han convertido en la única garantía de una comida diaria para miles de personas. Pero también están al límite.

“La demanda en los diferentes comedores no ha cesado. Por el contrario, se incrementa día a día. Lamentablemente, ya no se da abasto”, cuenta con preocupación Lorena Quiroga, coordinadora de comedores y merenderos del movimiento Libres del Sur.  

Mar del Plata, según los últimos datos del INDEC, mantiene históricamente uno de los índices más altos de desocupación del país. En ese escenario, las redes de contención comunitaria sostienen lo que el Estado ha empezado a abandonar: el plato diario.

“Hace unos meses teníamos una cantidad más o menos estable de personas que venían a buscar comida. Pero eso cambió. Ahora cada día se suma gente nueva. Y muchas veces no lo sabemos hasta último momento, lo que nos complica la organización”, explica Quiroga.

La imagen se repite en varios puntos de la ciudad: filas cada vez más largas, alimentos cada vez más escasos.

La situación se agravó desde diciembre de 2023, cuando el gobierno nacional interrumpió el envío de alimentos a los comedores populares.

La única ayuda que se ha mantenido es la de alimentos secos que manda la provincia. Nación no entrega nada. Y el municipio aporta algo de verdura, pero es mínimo, insuficiente”, denuncia.

A eso se suma el abandono de programas locales claves, como la tarjeta municipal alimentaria, congelada en una suma que suena irrisoria: $876 mensuales, monto que no se actualiza desde hace más de tres años.

Mientras tanto, los comedores enfrentan otra dificultad silenciosa: el cambio en el perfil de quienes buscan ayuda. “Sigue siendo variado, pero en los últimos meses se acercan cada vez más adultos mayores. Personas que no pueden sostenerse con la jubilación y que vienen porque es la única manera de comer al menos una vez en el día”, señala Quiroga.

La historia de Mar del Plata está marcada por el turismo, sí, pero también por las desigualdades estructurales. Los barrios de la periferia —como Parque Peña, Las Heras, Autódromo, Belgrano o el Puerto— son los más golpeados. Allí, organizaciones sociales, parroquias y vecinos autoconvocados mantienen viva una red que alimenta cuerpos, pero también dignidades.

Sin embargo, hay límites. “Lamentablemente, hay momentos en los que se ha debido decir que ya no se puede. Porque ya no hay más comida”, admite Lorena.

La emergencia alimentaria es tangible, y las respuestas estatales parecen diluirse en un mar de promesas incumplidas.

En una ciudad donde cada vez más personas dependen de un plato solidario para sobrevivir, el reclamo es urgente: que el hambre deje de ser parte del paisaje cotidiano.

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