Por Franco Morales
¿Y si no fuera tarde? Repensar el movimiento en la vejez
Hace pocos días falleció Fauja Singh con 114 años. Tenía 89 cuando empezó a correr. No para competir. No para romper récords. Ni siquiera para alcanzar un objetivo físico. Comenzó a correr porque estaba triste. Había perdido a su esposa, a su hijo, y sentía que su cuerpo necesitaba moverse para que su mente pudiera respirar. Poco a poco, su cuerpo respondió. Su ánimo también. A los 93 completó una maratón en menos de siete horas, superando ampliamente el tiempo récord de su franja etaria. Batió las mejores marcas británicas de 200, 400, 800 y 3000 metros para mayores de 90. Aunque nunca fue reconocido oficialmente por Guinness por no contar con certificado de nacimiento —algo común en la India rural de principios del siglo XX—, Singh siguió corriendo con serenidad y determinación.
La historia de Fauja Singh puede parecer excepcional, pero no la mencionamos como modelo a imitar. No es un punto de llegada. Es, más bien, un punto de partida. Una grieta luminosa en ese muro de creencias que insiste en que, en la vejez, el cuerpo ya no sirve. Que el movimiento es peligroso. Que la vitalidad ya no es posible. Que lo único que queda es resignarse.
Lo notable de Singh no fue haber corrido maratones, sino haber empezado cuando ya casi nadie empieza. Haber mejorado con los años. Haber escuchado una necesidad emocional —no deportiva— y haberle respondido con acción. Ese gesto, profundamente humano, debería hacernos pensar: ¿cuántas personas mayores viven convencidas de que ya es tarde para comenzar algo tan vital como el movimiento?
Cuando el cuerpo se encuentra con el deseo
En las últimas décadas, los estudios han demostrado con firmeza que la actividad física en la vejez no solo mejora la salud cardiovascular, la fuerza muscular y el equilibrio, sino que también protege la función cognitiva, reduce el riesgo de demencias y mejora notablemente el estado de ánimo. Incluso una caminata regular, un poco de baile, ejercicios suaves, pueden generar beneficios significativos. No es necesario correr. Ni ganar. Ni competir. Solo es necesario empezar.
Una investigación reciente realizada en Argentina por Dante Lus Kuhn y Germán Maranzana Tonnier nos ofrece un retrato claro de qué impulsa a muchas personas mayores a correr. En corredores de más de 60 años, identificaron tres grandes motivaciones: cuidar la salud, darle sentido a la vida y encontrarse con otros. La salud aparece como un objetivo concreto y conocido; el sentido de vida, como una búsqueda más profunda de propósito y plenitud; y la afiliación, como expresión del deseo de compartir, pertenecer, formar parte. Un hallazgo especialmente conmovedor fue el de quienes comenzaron a entrenar tras atravesar un duelo, usando el cuerpo para sostener el dolor. Lejos de la lógica competitiva, el running en la vejez se vuelve un gesto de afirmación vital. Como si al moverse, también se reconstruyera algo interior.
Lucía tiene 82 años. Siempre fue de quedarse en casa. “El cuerpo me pesa, no soy de hacer ejercicio”, decía. Su nieta, sin embargo, la convenció de acompañarla a una clase de danza para adultos mayores. Fue incómoda la primera vez. A la segunda, ya sonreía. Hoy no falta ningún martes. Dice que no solo le hace bien al cuerpo, sino que se siente parte de algo. Dice que por fin “salió del encierro”.
Don Pedro tiene 76. Vive solo desde que su esposa murió. Un vecino le insistió en que haga clases de Tai Chi. Con dudas fue. Más por educación que por ganas. Hoy dice que duerme mejor. Que ya no se tropieza tanto. Que el saludo de los compañeros al llegar es, en sí mismo, un motivo para salir de casa.
Nélida tiene 72 años. Siempre había sido activa, pero la vida, la crianza, el trabajo, la falta de tiempo, la fueron alejando del deporte. Hace tres años, casi sin pensarlo, se sumó a un grupo de entrenamiento para mayores. Le costó al principio: el cuerpo no respondía como antes y los fantasmas del ridículo rondaban. Pero no se detuvo. En la última carrera de 10 kilómetros en su ciudad, subió al podio en su categoría. Cuando anunciaron su nombre, lloró. No por el trofeo —aunque lo tiene en la repisa— sino porque sintió que recuperaba algo de sí misma que creía irrecuperable.
No hacen maratones ni rompen récords. No necesitan hacerlo. Lo que hacen, lo que han descubierto, es que su cuerpo aún puede. Que moverse no es un lujo de la juventud, sino una posibilidad concreta de bienestar para cualquiera que lo intente, incluso a edades avanzadas.
Un aspecto fundamental para que la actividad física sea sostenible en la vejez es que no se perciba como una obligación ni una fuente de frustración, sino como una experiencia que invita a la inmersión y al disfrute. En este sentido, la teoría del flow —estado de concentración plena y disfrute en la acción— resulta muy reveladora. Para que una actividad provoque este estado óptimo, debe ofrecer un equilibrio entre el desafío que presenta y las habilidades de quien la realiza. Si la tarea es demasiado sencilla, genera aburrimiento; si es demasiado difícil, provoca ansiedad o rechazo. Diseñar espacios de movimiento que respeten las capacidades individuales, pero que también impulsen un leve desafío, es clave para que las personas mayores experimenten placer, motivación y continuidad en la práctica. Cuando el ejercicio se convierte en una fuente de flow, no solo mejora el cuerpo, sino también el bienestar emocional y el sentido de autoeficacia.
El obstáculo más difícil no está en el cuerpo
El obstáculo más grande se encuentra muchas veces en la cultura. En esa voz repetida —a veces desde la familia, otras desde la propia persona— que dice: “ya no estoy para esto”. El edadismo, ese prejuicio silencioso que asocia vejez con pasividad, limita más que cualquier articulación rígida. Se transmite de generación en generación, incluso con las mejores intenciones: “mejor no te esfuerces”, “tené cuidado”, “no hagas fuerza”. Poco a poco, esos mensajes construyen un cerco invisible, y la persona mayor empieza a dejar de moverse, no por falta de capacidad, sino por falta de habilitación.
La Convención Interamericana sobre los Derechos de las Personas Mayores lo expresa con claridad: “Artículo 22 Derecho a la recreación, al esparcimiento y al deporte. La persona mayor tiene derecho a la recreación, la actividad física, el esparcimiento y el deporte.” No es un premio para los más entrenados. Es una responsabilidad colectiva crear entornos que lo promuevan. Y también un acto de justicia simbólica reconocer que los cuerpos mayores merecen oportunidades, no solo cuidados.
También es necesario revisar las representaciones que sostienen muchos profesionales de la salud, incluso con la mejor intención. No son pocos los que, por precaución o por prejuicio, desalientan la actividad física en la vejez con frases como “ya no es necesario que se esfuerce” o “con caminar un poco alcanza”. Estas ideas, aunque bien intencionadas, muchas veces parten de una mirada centrada en el déficit, que asume a la persona mayor como inherentemente frágil o incapaz de progresar. Así, se refuerza una cultura del cuidado que inmoviliza más que protege, y se pierde de vista que moverse, ejercitarse, desafiarse, también puede ser una forma de salud. Promover la actividad física no es solo una indicación técnica, sino también una intervención simbólica que habilita posibilidades y reconoce capacidad en quien muchas veces ya ha sido socialmente despojado de ella.
La promoción de la actividad física no puede ser solo una recomendación médica, sino como un gesto de restitución de deseo. Acompañar, facilitar, escuchar los temores, trabajar con las familias que, muchas veces, sin querer, reproducen las creencias que limitan. Hacer lugar a las historias que no encajan en los estereotipos de la vejez frágil. Y sobre todo, recordar que moverse no es solo mover el cuerpo: es también reconstruir un vínculo con el mundo.
Una tarde, Fauja Singh fue a correr porque no sabía cómo seguir adelante con su vida. No estaba buscando un récord. Estaba buscando sentido. Tal vez ese sea el secreto. No se trata de correr más rápido, ni más lejos. Se trata de recordar que, incluso en la vejez, el cuerpo puede ser un puente hacia el bienestar. Y que para cruzarlo no se necesita juventud, sino posibilidad. Y una comunidad que lo permita.
Franco Morales Es docente, investigador y extensionista de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Integrante del Programa Gerontológico de la Facultad de Psicología de la UNMdP. Sus temas de investigación más salientes son: relaciones interpersonales en el desarrollo adulto, aspectos positivos del envejecimiento, empatía y perdón como recursos saludables. Ha publicado varios capítulos de libros y artículos científicos en revistas de impacto. El año pasado publicó su primer libro completo "Empatía y perdón en la mediana edad y la vejez".
Contacto: moralesfrancomf@gmail.com y @programagerontologicounmdp (Instagram)