Por Carlos Fara
Un mundo feliz
Las fuerzas del cielo están logrando que se liberen los cielos, con la ayuda inestimable de los gremios aeronáuticos. La reforma laboral pro mercado finalmente se definió. Baja el riesgo país. Los bancos se inundan de dólares por el blanqueo y están interesados en dar créditos para el consumo y la producción, al mismo tiempo que quieren subir la tasa para atraer depósitos en pesos. El Indec dice que en julio hubo una pequeña recuperación de la actividad económica, con lo cual el segundo trimestre habría sido el piso. La inflación de septiembre rompería la tabla del 4 %. El Central terminaría el mes con superávit en la compra – venta de verdes esperanzas. Suben los bonos y el blue está planchado. Y como broche de oro, Cristina discute con Toto Caputo. Ni Huxley lo hubiera imaginado tan positivamente: ¡estamos viviendo en “Un mundo feliz”!
Esperen, esperen! “¿De qué me perdí?”, diría más de uno. Si todo va tan bien ¿por qué hay coincidencia en que el gobierno entró en fase de desgaste en la opinión pública? Veamos esto con mucho cuidado, para poder precisar cuán nueva es esta Argentina, y cuánto es la de siempre:
Primero, nunca hay un solo factor que explica las subas y bajas en la aprobación de un gobierno. Por ejemplo, el veto a los jubilados sin duda influyó, pero no es excluyente.
Segundo, la paciencia social funciona como un vaso que se va llenando con gotas cotidianas. La sumatoria de átomos de H2O en algún momento lo llena y desborda. Pero a priori, es difícil predecir cuál es la gota que rebalsa. Es solo una gota más, sí, pero cumple un rol estratégico siempre y cuando el vaso esté muy colmado.
Tercero, como en toda dinámica social, en algún momento se acaba la novedad y se genera una saturación. Lo comentamos la semana pasada cuando analizamos por qué el rating de la cadena nacional presupuestaria había sido tan bajo.
Cuarto, ¿cómo está el tanteador en materia de resultados? No son los resultados de los que habla el oficialismo de turno, sino los que la sociedad quiere observar. Si la inflación baja, pero la principal preocupación es el desempleo y la caída de ingresos, se debe evaluar una desconexión entre un parte de la realidad y una parte de la percepción. Es natural, ocurre con todos los gobiernos en todas partes del planeta.
Y quinto, ¿cuánto siente la opinión pública que el gobierno está enfocado en lo importante, en mostrar “empatía” –palabra muy citada en los grupos focales- y no está perdiendo el tiempo dando “batallas culturales” que nadie le demandó?
Con estos cinco factores en la mano, los lectores podrán empezar a sacar alguna conclusión de por qué Huxley-Milei (doble apellido) debería revisar el argumento de su libro. Seguramente sonará paradójico, pero no debe olvidarse poner en cuestionamiento al menos dos mitos acerca de la percepción ciudadana: 1) la gente vota con el bolsillo (o de cómo los sectores medios y altos rechazan votar a un gobierno peronista, aunque cuando les haya ido de maravillas), y 2) dato mata relato (o de cómo debatir con estadísticas es al divino botón, porque cada uno cree lo que quiere; releer a Lakoff todo el tiempo, por favor). Ya sé que ambas cosas dan para escribir un libro, pero son dos amenazas que tiene este oficialismo si se cree esos mitos.