2025-07-15

Crónica de un bazar en tiempos difíciles

Muchos preguntan, pocos compran: el nuevo día a día de un comercio marplatense

Por fuera, su local es un estallido de color. Por dentro, la rutina de una lucha silenciosa contra la crisis económica.

Entre los comercios que aún resisten en la calle San Juan, hay un bazar que se distingue por su color y por la calidez de quien lo atiende. Desde la vereda de la calle San Juan 1964, se ven tuppers, utensilios de cocina, velas aromáticas, sartenes, juguetes, cuadros y paraguas colgando como banderines. Adentro está Graciela, que desde hace 16 años abre la persiana con la esperanza de que ese día las ventas acompañen.

Pero la situación no está fácil. "Las ventas cayeron un 40% tranquilamente respecto al año pasado", dice con firmeza. Los clientes entran de a uno, muchos preguntan precios, pero pocos compran. “Tengo precios razonables, buenos. Pero la gente no tiene plata. Compra lo justo, lo necesario. La comida. Si hay chicos, más todavía”.

Graciela maneja el local junto a su hija. Hace años que ya no puede sostener empleados. “El costo es tremendo. Ya no se puede".

"Trabajo el doble, me quedo hasta las 11 de la noche con la persiana baja, ordeno, limpio. Pero me voy tranquila a dormir”, cuenta, sin quejarse, pero con resignación.

Las amenazas por posibles juicios laborales también la alejaron de contratar. “Es triste, pero es así”.

Los cambios en los medios de pago también transformaron su día a día: “Con efectivo casi no se maneja nadie. Es todo débito o billeteras virtuales. Y si encima le hacés un descuento al cliente, más el que te descuenta el banco, trabajás para ellos. Me quedo en casa y es lo mismo”.

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La calle San Juan tiene historia, y también tiene heridas. En esa zona comercial, donde antes circulaban compradores constantes, hoy hay persianas bajas y negocios cerrados.

El de Graciela sigue de pie, más por voluntad que por rentabilidad. “Nunca estuve así. Siempre trabajamos bien, incluso con empleados. Esto cambió hace unos cuatro años. Pero ahora es mucho más duro. La gente está mal, te contesta mal… la ves angustiada. Y si no tenés plata, peor”.

A pesar del contexto, Graciela guarda ilusión. “Yo quiero creer que esto va a mejorar. Porque ya esto… Pero tampoco tengo la varita mágica”.

¿Su sueño? Poder retirarse y dejarle el local a su hija. “No quiero trabajar más ya, pero tengo que hacerlo. Sería lindo poder decir: ‘Bueno, me voy a casa, que el negocio siga’. Pero hoy, si no estoy, no funciona”.

Mientras tanto, sigue ahí. Acomodando los estantes, sonriendo a cada persona que entra, explicando precios, escuchando historias. Sosteniendo su negocio, su rutina y, en parte, su barrio.

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