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Por Fabrizio Zotta

Resumen de la semana

sábado 25 de noviembre de 2023
Resumen de la semana

Dice la periodista, escritora y editora argentina Leila Guerriero que lo peor cuando uno reflexiona o describe a los malos es saber que esos malos también hacen cosas buenas. “Un malo siniestro puede ser, también, un buen abuelo de sus nietos”, dice. “Son bestias, sí. Pero bestias humanas”, dice.

Meterse en la cabeza de los malos es difícil, primero porque ninguna persona, aunque se sepa con algo de maldad, supone que está del lado de los malos, siempre en algún rincón de su mente piensa que su lado es, de una manera misteriosa, el lado de los buenos. Y que son los otros los que no entienden.

En esta semana que hoy termina se habló mucho del miedo a los malos. Lo que no se sabe muy bien es quiénes son los malos de hoy. Los malos, en este tiempo, son para algunos los que vienen y para otros los que se van. Son la amenaza de los “orcos” en la calle, como dijo Mauricio Macri; son los privatizadores noventistas, son los antiderechos, son los parásitos del Estado. O son los peronistas que no saben perder elecciones ni dejan gobernar, o son estos libertarios agresivos y locos. Lo malo es el miedo a lo que podría pasar, porque alguna vez pasó y porque podría volver a pasar, aunque no pase.

 

Exactamente, a las 21:56 del domingo 19 de noviembre Javier Milei pronunció públicamente, sus primeras palabras como presidente electo: fueron “parece que sí”, en respuesta a un hombre que le gritó desde el público “Javier ¿sos presidente sí o no?” El libertario le respondió después de sonreír. Dejaba, en ese momento, de sonar “Vamos por la gloria”, la canción de La Beriso elegida para presentar al presidente electo. La canción dice en uno de sus versos “Están muy caros los precios de seguir creyendo, nunca quise dejar de soñar y hoy mis sueños se hacen realidad”.

“Buenas noches a todos los argentinos de bien, porque hoy empieza la reconstrucción de la Argentina”, fueron, ahora sí, sus primeros conceptos como futuro primer mandatario. A las 21:59 dijo “Hoy se termina el modelo empobrecedor del Estado omnipresente, que solo beneficia a algunos, mientras la mayoría de los argentinos sufren”.

A las 22:01 sostuvo que “todos los argentinos y a todos los dirigentes políticos que quieran sumarse a la nueva Argentina serán bienvenidos, no importa de dónde vengan, no importa qué hayan hecho antes, no importa qué diferencia tengamos, estoy seguro de que es más importante lo que nos une, que lo que nos separa”.

Y un minuto después se refirió a quienes se oponen a sus ideas y les dijo “dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”. Y cerró: “En esta nueva Argentina no hay lugar para los violentos”. A las 22:04 pidió “todos aquellos que queremos una Argentina distinta tenemos que trabajar juntos”; y a continuación dijo “nuestro compromiso es con la democracia, con el comercio libre y con la paz”.

A las 22:08, después de tres repeticiones de su “viva la libertad, carajo”, se despidió con un “Dios bendiga a los argentinos”, y por el parlante empezó a sonar “Se viene”, de la Bersuit, la canción compuesta en la rambla de Mar del Plata, mientras Carlos Ruckauf, por entonces vicepresidente de la Nación, caminaba en modo proselitista, en la antesala del final del menemismo, a fines de 1997.

Sin rostro, sin nombre, sin referencia contextual, el discurso de Javier Milei podría haber sido pronunciado por cualquier otro político tradicional. Por uno de la casta, incluso. En su primera aparición como el elegido, no fue tan malo. En los 12 minutos exactos en los que le habló al país no hubo motosierras, no hubo zurdos de mierda, no hubo la casta tiene miedo, no hubo saludos a sus hijitos de cuatro patas, no hubo nada de eso. Como decía Guerriero, si estos son los malos saben también mostrar facetas que no son tan reprobables.

 

En esa ambivalencia anduvimos toda la semana: al otro día de ese discurso, un Milei reposado en sus formas, anunció ajuste, privatizaciones, equilibrio fiscal, suba de la inflación y de los precios en los primeros meses, la bomba de las leliq y la paralización de la obra pública que no se pueda pagar. Pero insistió en todo momento, “esta vez el ajuste lo paga la política, no lo paga la gente”.

Eso que Milei llama la gente, o una gran parte de ella, no le cree. Está en estado de alerta, supone que pasará lo peor. Mantiene una ansiedad imparable, porque imagina que estará en serios problemas en el futuro, mientras está en serios problemas en el presente.

Porque el mismo lunes, mientras Milei no había ni siquiera salido del Hotel Libertador, las listas de reposición de los comercios, en varios rubros, llegaron con incrementos de entre 15 y 45%. Algunos productos no se venden, otros escasean o pueden empezar a escasear.

El dólar, previsiblemente, dejó de estar quieto y sigue mordiendo el valor del peso; los servicios que se pagan en dólares, como Netflix, Spotify y demás gastos en el exterior aumentaron un 27% en la mañana del jueves. Y, así y todo, no serán los precios definitivos en los que quedarán estos servicios en los próximos meses.

Mientras tanto, Sergio Massa compartió el miércoles un poema en sus redes: “La cuesta de la vida”, del poeta tucumano Federico García Hamilton, que no es Federico García Lorca. Más allá del equívoco, Massa se dice a sí mismo en esos versos: “Si un día el camino que venía liviano se te vuelve obscuro, y encima empinado, busca a tus amigos. Tómales sus manos; apóyate en ellos, para repecharlo. No lo intentes solo, no podrás lograrlo”.

La soledad del poder es muy difícil de sobrellevar, pero la soledad del que pierde el poder debe ser insoportable. En su reflexión metafórica, Massa se promete que “al fin de la cuesta se disfruta el llano” y sentirá también la angustia y la incertidumbre por lo que viene, al igual que muchos otros argentinos, aunque por razones diferentes. Las cuestas de uno y otro tienen diferentes alturas.

Esta transición, que se esperaba atravesada por los malos, discurría por carriles más disciplinados que aquella de 2015, cuando supuestamente los protagonistas tenían mejores modales. Sin embargo, todo se enrareció un poco ayer a la tarde.

La danza de nombres, las idas y vueltas, los que subieron y bajaron, los que tuitearon reuniones y ya no estaban al frente de los organismos que les habían prometido, los nombres del pasado que se volvieron presente, todo eso nos está mostrando las tensiones de los espacios y el reparto del gobierno.

La sensación que eso está dejando es que, por primera vez desde que ganó Milei, lo que está pasando ya lo vimos, ya lo conocemos, es un poco la Argentina de siempre. Tiene que ver con emisarios del macrismo marcando plazos y condiciones. Tiene que ver con la gravitación de Córdoba y su dirigencia. Milei, Bullrich, Schiaretti: tres de los cinco candidatos a presidente repartiéndose, a la luz del día, cuotas de gobernabilidad futura.

Macri y Bullrich habían sido destacados por Milei el domingo como altruistas, eran los buenos. Hoy la situación se ve distinta. ¿Quiénes serán por estas horas los buenos, los malos, los desinteresados y los patriotas en estas repartijas?

Estas angustias que invaden los ánimos de todos son en presente, en presente continuo. Y se suman a las angustias del futuro, las que esperamos que pasen. Esta sensación de no saber dónde están y quiénes son los malos nos lleva a enojarnos con el que piensa distinto, a decir cuando llamamos a la radio “los que lo votaron que se hagan cargo”, mientras otros remarcan “quién se hace cargo de esto de hoy, porque estamos así y Milei todavía no arrancó”.

Y así vamos, esperando la tormenta mientras nos llueve y el viento nos tuerce.

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