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miércoles 21 de febrero de 2024

Por Fabrizio Zotta

El resumen de la semana de Presente continuo

viernes 08 de diciembre de 2023
El resumen de la semana de Presente continuo

Hace algunos años atrás, en plena pandemia, la socióloga y doctora en sociología argentina Liliana De Ritz me decía en una extensa entrevista que le hice que uno de los principales problemas de nuestro país es lo que el barón de Montesquieu llamaba “el principio del compromiso”, es decir, ser capaces como sociedad de compartir reglas para disentir.

Desde los mandatos constitucionales hasta las leyes que vaya sancionando el Parlamento, si no tenemos un principio para disentir entonces no hay posibilidad de acuerdos mínimos para la estabilidad de políticas que son siempre difíciles, porque todos los cambios tienen beneficiarios y también tienen perjudicados.

En ese sentido, me decía De Ritz allá por octubre de 2021, si los perjudicados son pocos, pero tienen gran capacidad de resistencia, resisten. Y, aunque los beneficiarios puedan ser muchos, si no perciben el beneficio de ese cambio, es decir, si no ven la luz al final del túnel, tampoco son proclives a apoyar grandes reformas.

La pregunta de fondo es, entonces, cómo se gestan en democracia los consensos para aplicar políticas que implican grandes sacrificios. En otras palabras, cómo se convence a la gente de que el camino que hay que tomar será un valle de lágrimas.

Me vino a la cabeza esta entrevista al pensar la semana que está terminando y, sobre todo, a intentar pensar la que empieza el lunes. Todas las expectativas que tenemos para reflexionar sobre el presente están puestas en una figura que llegó al lugar al que llegó sin tomar en cuenta ese principio de compromiso, una categoría clásica de la filosofía de la democracia.

Si bien ha quedado un poco en el olvido, el presidente que asume el lunes no hizo una campaña en el elogio del disenso, ni en la búsqueda de los consensos, más bien todo lo contrario. Y hubo un componente muy heterogéneo que conformó su base electoral, y lo llevará hasta las escalinatas del Congreso de la Nación el domingo y al mismísimo sillón de Rivadavia desde el lunes.

Esa heterogeneidad se conforma con edades, clases sociales, pertenencias ideológicas, tradiciones militantes, intereses y desintereses muy diversos: con eso ganó Miliei. Y ahora, dejar contenta a las multitudes, se vuelve un laberinto borgeano.

¿Cómo contarle a cada uno que tiene una tragedia personal distinta que el camino será ese valle de lágrimas, y que hay que aguantar? Y que hay que seguir aguantando, pero poniendo el hombro. Y que hay que seguir aguantando, pero poniendo el pecho, pagando más, comprando menos, achicando más, disfrutando menos. ¿Cómo lo va a contar Milei el domingo?

Pero, inmediatamente después de llegar a la Rosada el nuevo presidente deberá construir reglas de juego con la oposición, porque no existe el que pueda gobernar solo, al menos no dentro de las reglas de la democracia.

Precisamente, lo que distingue a la democracia de la autocracia es el compromiso: Kelsen entiende por compromiso ese acuerdo entre las partes, por medio del cual se renuncian a algunas de las pretensiones de un grupo y se conceden algunas de las pretensiones de los otros grupos opuestos, de manera que se pueda encontrar un punto de equilibrio.

En esa búsqueda radica la gobernanza democrática. Entonces, el principio de compromiso supone que la dirigencia política partidaria encuentre puntos comunes para armar consensos, y que también queden claro los disensos, porque vivir en democracia también es lo opuesto al pensamiento único, a que todos pensemos igual. Tiene que haber conflicto para que la democracia funcione.

El conflicto no es lo contrario del orden, el conflicto supone un orden, y sin ese orden para dirimir el conflicto se quiebra, porque alguien se apodera y decide qué se hace, y no respeta las instituciones, quedamos en una situación de parálisis, sin que haya posibilidad de tomar ninguna decisión.

Desde este miércoles que pasó, ese orden de la política argentina para coincidir o disentir es más difuso. Y hasta ayer, el equilibrio de fuerzas estaba más o menos claro: había dos representaciones mayoritarias y el resto de representaciones con menor potencia legislativa.

Con las PASO y las generales, se metió un tercer actor: la Libertad Avanza, que metió 38 diputados, sin duda una elección enorme, pero en una Cámara de 257. Y, para ponerle todavía más condimentos, el miércoles se reorganizaron los bloques, y ya no es como antes.

El Pro logró mantenerse unido, aunque de manera muy frágil, detrás de la conducción de Cristian Ritondo; los radicales se unificaron (el sector de Evolución se incorporó al resto del bloque y lo presidirá Rodrigo De Loredo) y los “lilitos” ya habían pegado el portazo. Cambio Federal, el espacio de Miguel Ángel Pichetto, con 9 diputados, tendrá su propio bloque, y allí se suma el espacio de Emilio Monzó, Ricardo López Murphy y el GEN.

Este dato es importante, porque podría ser un interbloque se sume 44 diputados, junto a la UCR, dejando al PRO con 40. Algo así ya pasó en la Legislatura bonaerense, en la que también el bloque de Juntos se dividió en tres en Diputados y en el Senado.

De todo esto, que nos importa relativamente poco, porque todo puede cambiar mañana, lo que nos tiene que llamar la atención es que ya no vamos a poder entender la política con las categorías que lo veníamos haciendo hasta ahora.

Desde el miércoles es más difícil todavía: de hecho, en Diputados de la Nación hubo un acuerdo inesperado entre Germán Martínez, presidente del bloque de Unión por la Patria, y Ritondo, del Pro, para la proporcionalidad en el armado de comisiones. En la Argentina de la grieta esto hubiera sorprendido, ahora no tanto.

El domingo toda la dirigencia política se va a encontrar de nuevo con los desafíos clásicos de la democracia: construir poder, encontrar un lugar discursivo desde donde conformar oferta electoral, desde donde ubicarse en el escenario. Ser oficialismo, ser oposición, no ser nada.

Así vamos a llegar al domingo 10, a 40 años exactos de la asunción de Raúl Alfonsín. De Riz usó en aquella entrevista una metáfora muy interesante del historiador inglés Garton Ash, que dice que la democracia progresa como el sacacorchos: para poder ascender da vueltas hacia abajo, tiene declives descendentes. Hoy, 8 de diciembre, la sensación es que estamos en la parte descendente del espiral de ese sacacorchos democrático.

Nos queda aguardar el resultado: que el corcho salga hacia arriba y destape un vino que se pueda tomar. O que nos vuelva a desilusionar, por avinagrado.

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