2025-04-26

POSTALES DE PROVINCIA

La historia de los caballos criollos que unieron Buenos Aires con Nueva York

Se cumplen cien años de la hazaña de Gato y Mancha

Solanet es un pequeño poblado ubicado en el partido de Ayacucho. A unos pocos kilómetros de la antigüa estación del ferrocarril se encuentra la Estancia “El Cardal”, propiedad de la familia fundadora. Allí nació una increíble aventura protagonizada por un aventurero suizo y dos caballos que quedaron en la historia: Aimé Félix Tschiffely junto a Gato y Mancha

Constancia Saubidet, representante de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos, junto a su esposo Emilio Solanet, mantienen vivo el legado del abuelo, del mismo nombre, un veterinario y productor creador de esta institución.

La historia empieza hace cien años, cuando este señor suizo le pide al abuelo de mi marido unos caballos para comprobar la calidad de la raza criolla. En ese momento la raza se estaba formando, habían ido a buscar ejemplares a la Patagonia, caballos que no estaban contaminados, no estaban mezclados con otras razas que se habían adaptado al pasto, al terreno y al frío porque fueron caballos que quedaron sueltos en la conquista y se adaptaron."  

“El abuelo de mi marido hizo todos los veranos desde que se recibió de veterinario estos recorridos y compraba yeguas y caballos. En uno de esos viajes, los arrieros que traían esos animales venían montados en en Gato y Mancha. El les preguntó si los querían vender y se los compró. Así llegaron a la Estancia El Cardal.” 

Solanet consideraba que el caballo para el trabajo rural era aquel adaptado a a nuestra tierra y entonces formó la raza con esas yeguas que trajo. Tenía que imponerla en la sociedad que por entonces prefería otras razas traídas de Europa. El aventurero suizo apareció un día y le planteó una idea descabellada: hacer una travesía de Buenos Aires a Nueva York y de esa forma demostrar que los caballos criollos eran los mejores. 

Gato y Mancha eran caballos comunes y corrientes del trabajo diario, del personal de la una estancia que se trabajaba con vacas todos los días y que tenían 15 y 16 años. Aimé tenía un contrato en el Colegio San Jorge en Buenos Aires, daba clases de educación física y alguna otra materia. Se le acababa el contrato y como era un aventurero le mandó una carta al dueño de los caballos a través del director del diario La Nación, contándole su idea.  Luego de un tiempo, el suizo viene a probar los caballos. El no era un hombre de a caballo, un jinete experimentado, pero su espíritu aventurero no tenía límites. 

Solanet, que confiaba plenamente en sus animales le dijo: "Si usted no abandona, mis caballos no van a abandonar. Yo le garantizo que mis caballos llegan. Usted no sé si llega, pero mis caballos pueden con todo lo que se les ponga en el medio.” 

El 24 de abril de 1925, el hombre y los dos caballos partieron desde la Sociedad Rural de Buenos Aires, ante el escepticismo de muchos que creían que sería imposible. Tres años después, habiendo recorrido más de 21.000 kilómetros, un 22 de setiembre de 1928, ingresaban a Nueva York recorriendo la Quinta Avenida. 

La travesía pasó por cuanto clima y por cuánta geografía hubiera, desde  selvas espesas hasta desiertos ardientes o montañas heladas. Partieron en territorio argentino pasando por Rosario, Santiago del Estero, Tucumán y Jujuy para pasar luego a Bolivia y de allí a Perú, cabalgando por cerros de más de 4000 metros de altura. 

 Siguieron por Ecuador y Colombia para más tarde abordar un vapor que los depositó en Panamá. Costa Rica y El Salvador fueron las siguientes etapas, esquivando una guerra civil y la presencia de bandidos para arribar a México, donde los recibió una multitud, ya que la hazaña había comenzado a difundirse. Luego ingresarían a Estados Unidos por Texas para encarar el tramo final. 

En el camino quedaron cientos de anécdotas y peripecias. Constancia rescata varias. “Atravesando un desierto, Aimé se desmayó, pero los animales siguieron. Nadie lo quiso acompañar de guía porque al lugar le llamaban desierto matacaballos. Consideraban que nadie iba a poder pasarlo, pero él era un señor muy inteligente y lo organizó de tal manera de salir y hacer el recorrido durante gran parte de noche,para evitar los cincuenta y cinco grados del día." 

Atravesaron el Paso El Cóndor, entre Potosí y Chaliatta, en Bolivia, a 5900 metros de altura, conquistando el récord de altura. A Aimé le sangraba la nariz por la presión, algunos caballos de los baqueanos no resistieron, pero Gato y Mancha continuaron su viaje.” 

Más allá de los peligros de la geografía y el clima, Aimé y sus caballos debieron afrontar el riesgo de ir encontrando personas y culturas que vivían como en el 1400, 1500, sin ningún contacto con otras civilizaciones. Poder comunicarse con ellos, conseguir alimento para él y los animales, conocer los secretos y peligros de cada nuevo lugar, fueron escollos que el aventurero superó durante todo el recorrido. 

Finalmente, Tschiffely ingresó a la gran ciudad norteamericana montado en Mancha y recibido con todos los honores. El último tramo lo hizo solo con un caballo porque por el tránsito que había en las rutas resultaba muy peligroso llevar otro de tiro. Por lo tanto Gato fue enviado en un transporte. En Washington, Aimé fue recibido por el presidente Calvin Coolidge en la Casa Blanca y en Nueva York el alcalde James John Walker le entregó una medalla de oro, que a su regreso dona al Museo de Lujan. 

 Gato y Mancha estuvieron diez días exhibidos en Madison Square Garden donde se desarrollaba una exposición equina y hubo empresarios que quisieron pagar cifras millonarias para quedarse con ellos. Pero el suizo no iba a volver al país sin sus compañeros. “Tienen que volver al campo de donde salieron y morir en el campo donde han vivido.” El no tenía intereses económicos, solamente era cumplir con su objetivos y devolverselos a Solanet. 

El regreso se produjo un 20 de diciembre de 1928 y de allí los caballos volvieron a “El Cardal”. Gato mmurió el 17 de febrero de 1944 a los 36 años y Mancha el 24 de diciembre de 1947, a los 40. Los enterraron en la estancia. Por indicación de Solanet, un taxidermista rescató sus cueros y ambos caballos se exhiben en el Museo del Transporte de Luján. Aimé se radicó en Inglaterra y falleció en Londres el 5 de enero de 1954. 

 Cuenta Constancia: “Su mujer lo manda Argentina, lo creman y las cenizas quedan en la Recoleta. Después de muchos trámites de la familia, finalmente sus restos fueron traídos al campo y enterrados junto a sus dos caballos, juntos para siempre.”  

Este sábado 26 de abril unos 200 jinetes encabezados por el escuadrón Riobamba de los Granaderos de San Martín van a llegar a Solanet para marchar hasta el casco de la estancia y homenajear a los protagonistas de esta aventura que parece sacada de una serie.  

El evento, organizado por la Municipalidad de Ayacucho y la Asociación Civil Cultural Criolla (ACCC), busca mantener viva la memoria de esta hazaña que trascendió fronteras y se convirtió en un símbolo de perseverancia y coraje. 

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