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jueves 02 de febrero de 2023

Ya está

martes 20 de diciembre de 2022
Ya está

Por Luz Dubedout.

Tipeo desde el living de una casa que no es mí casa, el comienzo de un relato que se fue escribiendo en mí cabeza por años. Lo escribo ahora que conozco el final. Aunque nunca dudé del final.

Elegí creer cuando el aire llegó fresco hace un tiempo y varias cosas empezaron a pasar casi como un presagio. No podía fallar.

Qué paz se siente cuando una convicción se transforma en certeza, en hecho ocurrido. En resultado de Fe. Elegí creer y no tuve miedo de defender mí creencia. Mí convencimiento. Respondí con calma chicha a los que creían que la estaba mufando y a los que me decían que no exagerara.

Es que no había márgen de error para el destino. Un tipo nuevo, al que muchos criticaron de inexperto, llegaba para dirigir a un grupo de muchachos con mucho talento, pero desordenados en las ganas irrefutables que tenían. Había que acomodar las ideas, el juego, pero sobre todo el corazón. Se veía genuino, humilde, de perfil bajo. No necesitó de ninguna artimaña para ir ganando afecto y adeptos. Sus dichos y sus hechos fueron de la mano en cada decisión que tomó.
Encima, para sumarle dramatismo a la escasez de triunfos y en medio de un desastre global vestido con barbijo, mientras todos estábamos en casa soportando la televisión cómo ventana al afuera, el Diego se fue para siempre. Joven aún y rodeado de gente que no lo supo cuidar. Su muerte no podía ser en vano. No señor. Así como cuando nace un bebé, la partida de semejante ser humano tenía que traer algo bueno bajo el brazo. El diez de Villa Fiorito se convertiría en estampita. Todo lo miraría desde arriba. A El le pediríamos también que nos ilumine.

Mientras tanto, en el plano de los mortales, esperaba ávido de triunfos y sabiendo cerca el final de su carrera, el ya no pequeño Lionel. Este tipo nacido en Rosario que tuvo que irse para tener una oportunidad en el fútbol, que aún así eligió jugar para su país y que vió pasar la gloria tantas veces de cerca, tantas, se instaló en nuestros rezos a fuerza de verlo sufrir por nuestra camiseta.

Pensar que algunos tampoco creyeron en él. Lo juzgaron. Le dieron duro. Por todos lados. El tipo que hace años vemos dibujar las más bellas maravillas adentro de una cancha, fue fustigado desde todas las áreas bajo la sombra de una comparación absurda que lo ponía en aparente inferioridad frente al que todos llamamos D10S.

¿Cómo no iba a querer la copa éste pibe sencillo? Este pibe que vimos convertirse en hombre al que es hoy. Intento tras intento. Con la suerte ‘hasta ahí'. El que buscó y renunció y volvió a intentar, logró su propósito por fin y calló para siempre los fantasmas del fracaso y la opinión popular.

Por fin.

Ahora tiene su foto. Sin filtros. La no trucada. Con su familia y esa pandilla divina de muchachos que ese técnico ‘inexperto’ comandó en su Scaloneta.

Los argentinos somos una banda que tiene pocas cosas claras pero en una todos estamos en la misma: Nos gusta el fútbol. Demasiado tal vez. Y esa sensación de injusticia por no poder verlo a él, a Messi, levantar su copa por años, la nuestra, también alimentó la esperanza.

Y los rezos, las promesas a cumplir, las cábalas sin cábalas, se ve que juntas hacen una fuerza que aporta. Creo enormemente que la energía de la intención colectiva se hizo sentir.

¿Cómo no festejar? ¿Cómo no pintar a los abuelos con pinturita de kiosco? ¿Cómo no querer comprar una camiseta cualquiera sea su valor o procedencia? Necesitábamos, como Lionel, gritar y festejar. Todos por lo mismo. Sin discusión ni grieta. Hacer catársis. Salir a la calle a bocinazo eterno. Haciendo ruido. Cantando canciones que todos sabemos. Con los brazos en alto y agitando algo así como: “muchachoooo, ahora nos volvimo’a ilusionaaa, quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial”.

La historia dirá que venido de quién sabe dónde, Lionel Messi ganó un mundial. En la última que le quedaba jugó mejor que siempre y contagió a los pandilleros de la scaloneta, esos pibes que lo tienen de ídolo, en artífices necesarios de una alegría tan esperanzadora que hace que haya valido la pena la espera.

Gracias muchachos. Hacen feliz a un pueblo que ojalá haya entendido del todo cómo es la cosa. Aquí no se trata de mejores ni peores, de quién más o quién menos. Acá la cosa es cuánto corazón, trabajo y resiliencia pone cada uno para lograr lo que desea.

Ganamos la tercera.

Somos campeones Mundial.

Podés dormir en paz pequeño hombre Lío. Ya está. De verdad ya está.

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