viernes 20 de marzo de 2026
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Entre adversidades y sueños, la vida de Hilda en el Barrio Usina

martes 06 de agosto de 2024

Hilda llegó a Mar del Plata hace 17 años, escapando de una vida de violencia y abusos familiares. Hoy vive en una casilla en el Barrio Usina, con su marido y sus hijos y agradece que Dios se “acordó de ella” tras haber pasado por muchas adversidades.

“No me puedo quejar, he vivido una vida muy sufrida, muy triste. Pasé de estar en la calle golpeada, fui insultada, escupida, maltratada, me robaron hasta la plata que tenía para mis hijos. Me quedé en la lona. Muchos caen en la droga, yo siempre estuve para mis hijos, no les faltó nada”, asegura.

Su hija más pequeña, Nayla, tiene un año y ocho meses. Hilda, sentada en un tarro de pintura en la puerta de su casilla, pava en mano, la mira correr con una sonrisa que es difícil de borrar. “No tengo mesa ni sillas, pero nos podemos sentar acá al sol”, invita.

Hilda trabajó en un geriátrico cuando Nayla tenía tres meses: “No sabía hacer nada, me preguntaron si sabía y lo tomé de corajuda. Me encantó trabajar ahí, eran divinos los abuelos. Las abuelas me decían que no era igual a las otras, que les decía buen día y las trataba bien. Hoy me gustaría trabajar no tanto por la plata, sino por el amor a ellos. El primer día me perdí, porque no conozco. Fui para el lado del centro y era para el otro lado. Le pedí perdón a la señora y me tomé un remise para llegar”.

“A mí me encantaría que, cuando sea una señora mayor, me traten como yo trato a los demás. Sin embargo, tuve que dejar el trabajo porque Nayla necesitaba tomar la teta y mis hijas no podían cuidarla. Le pedí a la señora que me esperara y me dijo que podía volver cuando quisiera”, menciona.

Trabajaba de 14.00 a 23.00. Si no pasaba el colectivo, Hilda volvía caminando desde San Martín y 180 hasta su hogar, “pidiéndole a Dios que me protegiera”. Hilda planea volver al trabajo cuando pueda llevar a Nayla al jardín maternal.

La historia de superación de Hilda

A sus 14 años, se escapó de su hogar. Su mamá falleció cuando tenía once, y desde entonces su vida fue un calvario. Sufrió abusos de su papá y su tío, pero hoy expresa que a su papá ya lo perdonó. “Para salir adelante hay que perdonar todo lo malo que me hizo. Hoy en día él está sufriendo mucho, después de todo lo que nos hizo. Yo pasé por muchos abusos y golpes”, rememora.

Éramos once hermanos y a los mayores los echó a todos. Se me quemaba la comida y la ropa al planchar. A pesar de todo eso, hoy él está sufriendo, y yo he perdonado todas las cosas malas que me hizo. Trato de ser una buena madre para mis hijos y asegurarme de que no repitan las malas experiencias que viví”, reflexiona.

En este sentido, considera: “A lo largo de mi vida he pasado por muchas cosas, y cuando llegue el momento de irme, quiero irme en paz, no con arrepentimientos. Mi mayor deseo es que mis hijos estén bien”, dice pensativa. 

Hilda, cuyo nombre real es Gladys, prefiere que la llamen Hilda porque le gusta más. “Gladys está en el documento, pero prefiero Hilda; creo que suena mejor”, dice, quizás como una forma de dejar atrás su pasado, algo que repite con frecuencia.

Tiene cuatro hijas y dos hijos. Ellos conocen el mar. Pero ella no se mete, su papá la traumó cuando como castigo la ahogaba en la bomba de agua. “Le tengo terror al mar. Mi papá me ponía bajo la bomba de agua y me ahogaba. Era una experiencia tan terrible que todavía la sufro. Cuando dormíamos la siesta, nos despertábamos medio aturdidos, y él nos ponía debajo de la bomba para 'curarnos'. Eso nos dejó más traumatizados que cualquier otra cosa”, recuerda Hilda.

El 12 de agosto, comenzará el colegio. “Mi sueño es terminar la casa para ellos y terminar de estudiar para poder ayudar a mis hijos. Hice la primaria y ahora tengo que hacer toda la secundaria”, asegura.

Conoció a su esposo, Eduardo, en el hogar Mujica, un lugar que ofrece asistencia a personas con problemas de consumo. Ella comenzó a ir allí durante su embarazo para recibir alimento. Su relación, que comenzó con amistad, se consolidó y se casaron en abril. Eduardo es ahora su gran apoyo emocional; trabaja como cocinero en el hogar, donde prepara comida para 50 personas. Este lugar es muy importante para Hilda, ya que le permite compartir con otros y brindar una palabra de aliento a quienes lo necesitan.

Yo estaba bajo de peso, y empecé a ir para comer. Allí lo conocí a Eduardo. Por la mañana, desayunamos y hacemos oración; después, él cocina y nos sentamos todos a comer. El hogar ayuda a todo tipo de gente, desde familias hasta personas con adicciones. Es un buen lugar para los chicos que están perdidos en la droga o en situación de calle”, subraya.

Además, Hilda participa en un grupo de mujeres, donde comparten sus problemas y también recibe apoyo de una psicóloga.

Un nuevo comienzo en el Barrio Usina 

Hace dos años me mudé a este barrio. Antes vivíamos cerca del faro, pero decidimos venir aquí porque es un lugar tranquilo. Aunque hace mucho frío, me encanta. En aquel entonces, nos quedamos en una casilla que nos prestaron hasta que pudimos construir nuestra casa de a poco”, indica sobre su decisión de vivir en el Barrio Usina.

Me gusta mucho la tranquilidad de este barrio; saludo a todos mis vecinos, ya sea a la chica de enfrente o al chico de allí, y luego me meto en casa. Paso tiempo afuera con mi bebé al sol y después nos refugiamos dentro. Aquí nadie nos molesta; a veces un vecino puede golpearte las manos pidiendo aceite o azúcar, pero luego me encierro en casa y disfruto de mi privacidad”.

Hoy se siente bien, tranquila y feliz. Durante la semana, casi no recuerda las dificultades pasadas. “Estoy viviendo el mejor momento de mi vida con mis hijos, me he casado y tengo un marido que me entiende y me apoya”.

Hilda quisiera más luminarias para su barrio: “Me gustaría que haya más alumbrado, de noche no se ve nada”. Su hogar, aunque humilde y con muchas carencias, es un símbolo de su lucha y resiliencia. 

Cada vez que llueve, las familias del barrio Usina enfrentan serios problemas. “Cuando llueve, se moja todo. Las bolsas de cemento se empapan y el suelo es todo de barro. Estamos tratando de arreglar las cosas, tengo paciencia, que es lo único que me queda”, cuenta Hilda.

La casa en la que vive Hilda tiene solo dos habitaciones y aún no cuenta con baño. “El señor de enfrente nos deja usar su baño para hacer nuestras necesidades y bañarnos. Vamos avanzando poco a poco”, dice.

El invierno es especialmente duro para los habitantes del barrio. “El frío se siente hasta los huesos. Nos emponchamos hasta las orejas, pero con el frío que hace es muy difícil. Nos donaron un caloventor que solo lo podemos usar media hora, porque es peligroso. Las mañanas y noches son duras, con las manos hinchadas del frío, y por más que usemos guantes, siempre tenemos frío”, explica mientras observa a su hija y su nieto cruzar la calle.

Su otra nieta sufrió una fractura de cráneo a los cinco meses y actualmente se encuentra viviendo en un hogar. “Le doy gracias a Dios porque sigue viva. Nadie sabe cómo ocurrió. Un auto apareció de repente, la subieron a ella y la llevaron a la salita; la ambulancia llegó con código rojo, la llevaron al hospital en estado crítico. Gracias a Dios está viva y cada día se está recuperando. Antes estaba como una bebé recién nacida, con los ojos y la boca desviados, pero ahora se ríe y va mejorando poco a poco. Confío en que Dios la ayudará” dice Hilda con lágrimas en los ojos, mientras mira hacia el frente.