2024-07-11

Barrio Usina: Las heridas del hambre siguen abiertas en Mar del Plata

¿A qué edad a un niño le deja de doler el hambre? ¿Y a las personas que lo ven? ¿Dónde se gestiona el carnet que garantiza una alimentación decente? ¿Dónde empieza y termina Mar del Plata? ¿Es la geografía la que define los límites de lo habitable?

En el "Barrio Usina" no hay derechos garantizados, entre cables de alta tensión y basura de todo tipo se alzan 15 casillas construidas con bolsas de nailon, cartón, retazos de madera y quienes tienen suerte, ladrillos. 

Los niños corren descalzos mientras una ola polar azota Mar del Plata y el resto del país. En el "Barrio Usina", ubicado "detrás de la canchita del Vaca" cerca del Barrio Belgrano, el frío se siente el doble. Empieza en San Salvador y la 230, en "el fin de Mar del Plata". Los cables que pasan por debajo de las casillas que componen el asentamiento ponen en riesgo la vida de los niños.

Aunque hace cinco años que estas casillas existen a la vista de casi nadie, recientemente lograron instalar una manguera para llevarles agua. En el barrio Usina no llega el agua corriente, ni la ayuda del estado, ni el gas, ni el asfalto.

Las veredas del barrio están llenas de basura, donde los niños juegan entre caballos y perros con sarna, que son abrazados por pequeños de no más de 3 años.

Celeste y Sergio, una pareja de cuarentones, son esperados cada sábado por las familias del barrio. Llega desde el barrio Regional caminando con un cochecito de bebés mellizos, que le ayuda a trasladar una olla de 50 litros llena de guiso, para alimentar a los "invisibles".

Cada semana, Celeste gasta una garrafa para cocinar el guiso de los sábados. A veces puede pagar un remise, y otras veces Lula, una mujer que se acercó hace unas semanas a llevarle donaciones, la acerca hasta el asentamiento para que no tenga que caminar tantas cuadras con tanto peso. 

Celeste trabaja "en casas de familia" y Sergio en la construcción. Tienen cuatro hijos, dos de las cuales están por recibirse de enfermeras. Además, Celeste está por terminar el secundario, asistiendo a clases de lunes a viernes de 18.00 a 22.00.

Hace tres años, ella pertenecía a una organización social que la llevó al barrio: "En el barrio Belgrano alquilábamos un local y llevábamos merienda a un asentamiento atrás de la Usina. Vimos tanta necesidad que empezamos a ir regularmente".

Pero desde hace seis meses, "solo Sergio y yo seguimos yendo. Antes recibíamos ayuda del gobierno con mercadería y alimentos no perecederos, mientras que nosotros conseguíamos la carne con donaciones. Ahora ya no recibimos nada y solo mi marido y yo cocinamos guiso para llevar".

"Es muy triste lo que se ve en el asentamiento", dice Celeste cuando habla del Barrio Usina. "Me afectan mucho los niños, algunos padres tienen problemas de adicción y ellos no tienen la culpa. Siempre nos esperan con ansias. Aunque no nos sobra, a veces saco de donde no tengo para poder darles comida, casi siempre es guiso con paquetes de fideos y alitas que compro con la ayuda de mi marido".

Este barrio es para ella su segundo hogar: "Ellos son muy agradecidos, hay gente tan buena. Tienen problemas, pero las criaturas no tienen la culpa. Siempre le pido a Dios que pueda juntar la comida para el próximo sábado".

"Lo que más necesitamos son fideos, arroz, puré de tomate y ropa. Yo consigo para comprar carne o alitas. Cuando llevamos algo de vestimenta, muchos la necesitan, todos vienen y algunos se quedan sin abrigos. Desde zapatillas para chicos o medias, cualquier cosa les sirve. Frazadas también, el otro día se le mojó todo a una familia porque llovió fuerte", cuenta Celeste.

Al llegar al barrio, Sergio comienza el recorrido mientras Celeste baja la olla al suelo para empezar a repartir la comida. Él va de casa en casa, golpeando las puertas de aquellos que, distraídos, no han visto la llegada de la olla. "Sergio no me suelta la mano nunca, los chicos lo quieren muchísimo", comenta Celeste mientras lo observa alejarse.

Román, el niñoternura, está preocupado. "No quiere dejar su casa; desde ayer está solo cuidándola porque su mamá se fue con el novio y lo dejó a cargo", relata Sergio mientras lo toma de la mano y lo invita a acercarse: "Vení Román, no te preocupes, no te van a hacer nada". Román es un nuevo vecino, tiene alrededor de ocho años y hace unas semanas llegó al barrio con su familia.

En la casilla de al lado a la suya vive Mateo, un hombre de unos cincuenta años. Mateo está sucio, hace muchos días que no se baña, porque, claro, no hay agua. "Hago trabajos de electricidad, construcción y plomería. Acá está mi huerta", dice mientras señala con orgullo. Gracias a un trabajo que realizó, le dieron una puerta, la cual utiliza horizontalmente para cubrir la entrada de su "casa" hecha de bolsas, madera y cartón.

Dentro de su hogar, que mide aproximadamente 2 metros cuadrados, hay un colchón y un gato descansando. Mateo le guardó unos malvones a Celeste, sabiendo que ella es amante de las plantas. Celeste recibe los tallos con emoción: "Ay Mateo, qué atento, muchas gracias", dice mientras abraza los malvones y continúa su recorrido.

La ceremonia del guiso comienza. Una parva de niños de todas las edades se acerca, algunos descalzos, otros con chancletas varios números más grandes de las que les corresponden. Otros con medias, otros con miedo.

Llegan poco a poco, llevando recipientes que van desde potes de helado, de miel, hasta ensaladeras. "Yo ya comí fideos con tuco, mejor dale a los que no almorzaron hoy", dice una niña de no más de diez años mientras observa el ritual.

Los hombres mayores, algunos con problemas de adicción, se acercan y preguntan si sobra algo, "pero primero a los chicos, si sobra me avisan", dicen. Las motos pasan a gran velocidad mientras los niños juegan en la calle entre la basura. Hilda corre al rescate de su niña, sonriendo y agradeciendo entre moto y moto.

Celeste llevó donaciones, esta vez no solo se irán con el guiso para el almuerzo, también recibirán zapatillas y ropa que ella ha seleccionado y dividido por familia. Celeste los conoce bien y se toma el trabajo de hacer la selección personalizada. Sabe quiénes son, sus nombres y sus edades. No así el Estado, ya que muchos no tienen DNI, ni asignación, ni trabajo, y muchos ni esperanzas. 

En la esquina, una señora perdió todo cuando su casa se incendió. Sin estufa, ventana ni frazadas, recurren a quemar madera para calentarse. Tiene seis hijos y ahora no tienen nada, salvo una pala en la entrada que usan para cavar y cubrir los desechos cuando van "al baño".

Cada sábado, los residentes del "Barrio Usina" saben que recibirán comida hecha con el amor y los nutrientes que brindan Celeste y Sergio.

En los confines de Mar del Plata, en la periferia de la periferia, los derechos no existen. Las viviendas son de cartón y las personas viven en desidia, desamparadas, sin oportunidades a la vista, mientras la vida transcurre, invisibles y en peligro.

Para quienes deseen colaborar pueden hacerlo comunicándose con Lula al 2235443059 

Fotos Florencia Ferioli

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