Más allá de la olla: la lucha de Vero por alimentar a su barrio
La olla de 40 litros en el comedor "La Bendición" está parada, haga 30 grados o 10 bajo cero. Vero, la encargada de este espacio en Parque Hermoso, pone su cuerpo y mente al servicio de un objetivo vital: que el barrio coma.
Actualmente, cocina entre 80 y 90 raciones diarias, alimentando a las familias cercanas. "A veces no alcanza con lo que cocinamos, vienen a tocar la puerta a las 22.00 y les doy lo que tengo", cuenta Vero, quien se ha convertido en una referente comunitaria.
El derecho a la alimentación, tal como lo define la ONU, garantiza acceso regular y suficiente a alimentos adecuados. Sin embargo, en la periferia de Mar del Plata, este derecho básico está lejos de ser una realidad. Ni siquiera el colectivo pasa por el barrio después de las 19.00. Entonces, si un vecino trabaja en el predio recuperando basura, ¿cómo hace para regresar a su casa después de su jornada laboral?
Un barrio olvidado
Los pájaros en Parque Hermoso, como Vero, no descansan. Este barrio, delimitado por Av. Victorio Tetamanti, Tomás Yemehuech, Intendente Florencio Martínez de Hoz y Remedios del Valle, es un área de casas bajas, sin asfalto, donde la vida se complica por la falta de servicios básicos como agua corriente y gas natural. "Es un barrio olvidado, nadie se preocupa por nadie", dice Vero mientras revuelve la cacerola.
El comedor, ubicado en la calle 202 entre Silvina Ocampo y Mariquita Sánchez de Thompson, comenzó en 2018 "al ver la necesidad que había". Hoy se mantiene gracias a rifas y a la solidaridad de la comunidad: "A veces, la gente que está en una situación similar a la nuestra es la que dona", confiesa.
La olla está ubicada en la parte delantera del terreno donde vive Vero. Ella abre las puertas de su casa para combatir el hambre. "La mayoría no cree que hay necesidad, pero lo vemos todos los días en el barrio", asegura.
Más que un comedor
Además de cocinar, las mujeres que sostienen "La Bendición" también funcionan como apoyo emocional para quienes lo necesitan. "Nosotras, además de ser cocineras, somos como psicólogas, como una familia, hablamos de los problemas y ayudamos a otras mujeres", explica Vero. La solidaridad se extiende más allá de la comida, abarcando apoyo emocional y físico en situaciones difíciles.
"Una vez, en el comedor, apareció una mujer golpeada y ensangrentada, acompañada de dos niños. Tuvimos que hacer malabares para brindarle la ayuda que necesitaba", recuerda.
Alrededor del fuego, las mujeres sostienen. La leña descansa sobre un cochecito de bebé, y cada una alimenta el fogón cuando es necesario. Cocinar a leña es un desafío constante, especialmente cuando llueve y se moja. "Recolectamos madera, porque una bolsa de leña solo nos alcanza para una hora. Y el guiso tarda más", explica Vero, que con los años se convirtió en una experta de la cocina.

El hambre no es solo de pan
Vero sabe lo que es pasar hambre. Con nueve hijos, ella conoce las necesidades y lucha cada día por garantizar que todos tengan algo para comer. La mayoría de los vecinos trabajan en el predio recuperando basura, pero sus ingresos no son suficientes.
"Antes por lo menos un domingo te podías comer un pedazo de carne. Ahora la gente come una vez al día, con suerte", reflexiona sobre el presente.
Esta vez, hicieron guiso de arroz con alitas de pollo, arvejas y verduras. "A veces preparamos canelones de acelga, vamos a las quintas a pedir verduras, o compramos entre vecinos. También hemos hecho fideos caseros, empanadas cuando recibimos pescado donado. Intentamos variar, haciendo tallarines, puchero, pero ahora está muy complicado", asegura.
"Buscamos ofertas para conseguir lo que más rinde. Hay lugares caros y otros más económicos: un kilo de alitas puede costar entre 2.400 y 3.000 pesos. También necesitamos cebolla y verduras, que a veces obtenemos gracias a que mi hijo trabaja en una tienda y nos trae cebolla verdeo y morrón", cuenta sobre sus estrategias para proveer la cena de cada viernes.
El fuego que no se apaga
La olla está repleta, con cinco kilos de alitas y siete kilos de arroz. Esta vez, por suerte, alcanzó para todas las vecinas. "Llévense, prueben, está riquísimo", invita con una sonrisa. "Al revolver, ya sabemos cuántas bolsas de arroz faltan. Es una satisfacción enorme poder ayudar, sentir que cumpliste con el barrio", comenta Vero.
"Para mí, ya hay que sacar la olla. Con el vapor se termina de cocinar; la bajas, revuelves y se cocina", dice una de las cocineras. "No, todavía le falta, aún no cambió de color", responde otra, observando atentamente el guiso.
Van llegando de una a buscar su recipiente con alimento. Una de las que reciben su comida, le regala un chocolate como forma de agradecimiento, porque aunque haya hambre, la atención no falta.
Durante la pandemia, el comedor fue un refugio, no solo de comida, sino de cuidado. "Nos encargábamos de tomar la fiebre de los vecinos, teníamos una mesa y ahí atendíamos, porque el médico no venía", recuerda Vero.
"En ese momento éramos ocho comedores, ahora solo quedamos cuatro", lamenta. La situación se ha vuelto más difícil, y los recursos son escasos. "Nos daban horma de mozzarella, fruta, yogures. Ahora solo nos llega algo de alimento seco por Provincia", afirma.
En este sentido, enfatiza: "Está bravo. Entrego la comida tarde para que funcione como cena" dice, interrumpida por su nieto de 5 años que le pregunta: "¿Tenés plata abue?". Todas ríen.
La tarde cae y la olla queda vacía. Algunas mujeres regresan a sus casas, otras se quedan limpiando. Vero, apoyada contra la pared, observa cómo cae la noche, pensando en cómo garantizará la próxima olla. La lucha por asegurar un plato de comida en Parque Hermoso continúa, con la fuerza y la resiliencia de mujeres como Vero a la cabeza.