El compromiso de la Parroquia Don Bosco contra el hambre en Mar del Plata
"El desayunador comenzó a funcionar en marzo del 2013", recuerda Juan en diálogo con InfoBrisas. Inició "por iniciativa del párroco en ese momento, el padre Arturo, nos hace la propuesta porque este espacio estaba y no tenía tanto uso. A partir de esa fecha, nos pusimos en marcha por una serie de voluntarios que se van renovando a lo largo de los años", indicó.

Sobre los servicios que ofrece Don Bosco, Juan explicó: "El principal es el desayunador. Desde 2013, de lunes a viernes, ofrecemos un desayuno completo todos los días, aunque no los fines de semana. No hay límite, pueden servirse tantas veces como necesiten, ya sea un té con leche, mate cocido, o simplemente leche, lo que prefieran".
El 90% de lo que sirven, es donación, asegura el voluntario. "Cuando no tenemos donación, hacemos compras con dinero que otros han donado. Siempre tenemos una caja que nos permite, a través de los bonos de contribución, poder hacer alguna compra si es que no tenemos nada", subrayó.
"El segundo servicio importante es el ropero. Se organiza una o dos veces por semana y se les brinda una muda de ropa o calzado. También hemos tenido servicio de duchas, asistencia social, psicológica y hasta jurídica para ayudar con jubilaciones o pensiones".

"La libertad para ellos es la calle. Si van a un lugar, tienen que respetar normas y horarios, y ellos no están acostumbrados a eso. No todos son así, algunos han seguido con sus estudios e incluso han completado el secundario", reflexionó Juan.
Asimismo, confesó: "Hay gente que yo sé que duerme en un cajero automático, en una plaza, o en una iglesia. Y molesta ver a otros en esa situación. La comunidad es solidaria, pero a veces dura con ellos. Muchos tienen adicciones peligrosas y debemos acompañarlos".

Hoy en la parroquia necesitan mejorar el equipamiento: "Nos faltan estanterías y un freezer. También buscamos renovar vasos, tazas, manteles, y más voluntarios para poder ofrecer más servicios, como las duchas e higiene personal", mencionó.
"Te vas a tomar el té más rico, te lo garantizo. ¡Sale mate para el señor!", comenta uno de los voluntarios entre risas. El desayuno siempre incluye té, mate cocido, leche bien caliente, y pan o facturas. "Los viernes preparamos pizza. Hacemos la prepizza, la salsa, y compramos queso. Es un día especial. También celebramos eventos como Navidad o cumpleaños, y a veces hacemos hamburguesas o pastelería", agrega Juan.
"¡Amigo, te estuve buscando! ¿Cómo estás? Tanto tiempo", le dice una joven a otro muchacho mientras lo invita a sentarse juntos para desayunar. El lugar, bien calefaccionado, es acogedor. Algunos aprovechan para descansar, incluso durmiendo en sus sillas, envueltos en frazadas. Las miradas de los asistentes reflejan distintas emociones: ilusión en unos, profunda tristeza en otros, y en algunos, una abrumadora desesperanza.

Historias de supervivencia y esperanza
Juan subrayó que muchos de los asistentes no necesariamente viven en la calle, pero igual enfrentan la necesidad del hambre. "A veces ves a alguien bien vestido, pero no tiene para comer. Hay madres que vienen aquí solo a buscar alimento, para llevar a casa para sus hijos. A veces, lo que les damos les dura dos o tres días".
El equipo de voluntarios, en su mayoría jubilados, es fundamental para esta labor. "Lo que nos motiva es ofrecer un pequeño granito de arena a quienes atraviesan momentos difíciles. Hemos visto a personas que, gracias a este espacio, se han recuperado, han formado familias o han encontrado empleo. Un joven que empezó vendiendo café, ahora trabaja como portero, está casado y tiene dos hijos".
Dentro del espacio reinan el amor, la compasión y la bondad. No hay lugar para conflictos. "Entre ellos mismos se cuidan", comentan los voluntarios. A diario, reciben entre 60 y 80 personas, todas adultas, y para quienes necesitan llevar algo a sus hijos, también les preparan bolsitas con comida.

Una mujer llega visiblemente angustiada. "Necesito ayuda, me mandaron de la sala de salud. Quiero hablar con alguien porque nos hostiga. Necesito que él deje de seguirnos". Inmediatamente, la acompañan y le brindan el apoyo que necesita.
"Siempre buscamos darles herramientas para que puedan salir adelante", explica Juan. "Por eso organizamos cursos de panadería, pastelería, pizzería, con el objetivo de que tengan una salida laboral y puedan defenderse. Sin embargo, muchos prefieren la calle, y eso es un desafío constante. Nuestra lucha es que logren cambiar, que puedan encontrar una forma de sustento que les permita vivir de manera más digna".
En el desayunador, han visto cómo varias personas han terminado sus estudios, e incluso ahora están por comenzar clases de primaria para adultos. "Este tipo de oportunidades les ayuda a caminar hacia un futuro mejor. Todo esto comienza aquí, en este espacio de encuentro", afirma.

Además de la alimentación, el centro también brinda apoyo con artículos de primera necesidad, como muletas, sillas de ruedas, audífonos, e incluso dirección postal para personas en situación de calle que necesitan recibir su DNI.
Un joven se acerca y pide si le pueden servir el pan sin mermelada, ya que no le cae bien. "Así, solito, está perfecto", comenta, y agradece. Nadie se retira de la cocina sin expresar su gratitud.
En un descuido, un pote de mermelada se derrama. Esteban, un joven que parece asistir desde hace tiempo, se apresura a limpiar. "No se molesten, yo lo hago", dice con amabilidad cuando intentan ayudarlo.

"A veces estamos al borde de quedarnos sin alimentos, pero siempre ocurre algo milagroso. Alguien toca la puerta justo a tiempo con azúcar o pan. Esto nos fortalece y refuerza nuestra fe en la providencia", asegura Juan.
Mar del Plata es, según él, "solidaria y generosa, pero es importante que todos comprendan que estas personas necesitan apoyo. No podemos mirar hacia otro lado, debemos acompañarlos, especialmente aquellos que luchan con adicciones peligrosas".
"Quien quiera ayudar, puede acercarse a la parroquia de lunes a viernes por la mañana. Esta es una obra solidaria, más allá de ser un trabajo de la Iglesia Católica, es una expresión humana de bondad y empatía hacia quienes más lo necesitan."

"Vamos terminando, cuando salgan por favor, cierren la puerta", anuncia Juan, marcando el final del desayuno. A las 9.30 en punto, todo concluye, ni un minuto antes ni uno después.
Una mujer se levanta y comienza a acomodar las sillas. Al despedirse, se funde en un abrazo fuerte y largo con un joven. En ese gesto, el hambre, la carencia y la falta parecen detenerse, aunque sea por un instante.
