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Salto: la tierra de Pancho Sierra, el gaucho sanador
Salto es una ciudad de unos 42.000 habitantes ubicada a unos 200 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires. El nombre proviene de un salto de agua producido por uno de los numerosos afloramientos rocosos que posee el río que atraviesa la zona.
El río es uno de sus principales atractivos y quienes lo visitan disfrutan de la pesca o un asadito en sus orillas, y en verano llega gente de toda la región al balneario, que cuenta con un camping totalmente equipado y con precios muy accesibles.
César Larroude es el Director de Cultura del Municipio y conoce cada detalle de la historia de su pueblo. “El salto de agua que da nombre al partido y la ciudad está sobre un arroyo originalmente era un salto natural y hoy está reconstruído. A su lado estaba el Fortín de la Guardia Avanzada de Salto, en lo que se denominó la frontera con el indio. Esa construcción, del siglo XVIII servía como protección a la ciudad de Buenos Aires de los malones, era muy rudimentaria y no subsistió al paso del tiempo. Hoy solo se sabe donde estaba emplazada.”
Cerca de ese lugar se encuentra otro de los lugares históricos: el Molino Quemado. Inaugurado en 1856, fue el primer molino harinero hidráulico del país y funcionaba con la fuerza del agua del río. Allá por 1870, durante el gobierno de Sarmiento, desde allí se realizaron las primeras exportaciones de harina a Estados Unidos. El lugar quedó destruído tras un incendio en 1931 y actualmente se pueden conocer sus ruinas.
Según relata Larroude, por aquellos tiempos se proyectó una obra faraónica que nunca llegó a completarse. “El proyecto del Canal del Norte, que es un poco la razón por lo cual se empezaron a instalar molinos harineros en la cuenca del río Salto, tenía como fin que el río, a través de un sistema de exclusas y compuertas, se haga navegable. Hay que pensar en la magnitud de esta obra para el año 1830, 1840 aproximadamente, donde todo se hacía a pico y pala. La idea era llegar por ese medio hasta el Río de La Plata. Si uno toma una canoa, y navega el río, se va a encontrar cada tanto con restos de las exclusas.”
Sin dudas, una de las historias más intrigantes de Salto es la vida de Francisco “Pancho” Sierra, el gaucho sanador, que nació en estas tierras en 1831 y murió a los 60 años un cuatro de diciembre 1891. Hay varias versiones sobre su figura y sus poderes milagrosos.
Según César, Pancho Sierra, hijo de una familia de terratenientes de la zona, el mito nace cuando se va a estudiar medicina a Buenos Aires. “Casi culminando sus estudios, su familia se entera que tenía un romance con su prima, por lo que decide que vuelva a Salto. En ese momento, entra en una gran depresión y se recluye en uno de los cascos de las estancias que tienen sus padres, a meditar y a hacer como una especie de introspección en un espacio de soledad que duró varios años. "
"La historia cuenta que una vez llegó una persona a caballo con un niño muy enfermo y Pancho, con el agua del aljibe de esa estancia y unas palabras, sanó al pequeño. El boca en boca del poder sanador de ese aljibe y la figura particular de Pancho, con su pelo largo y su barba hizo que su fama fuera multiplicándose, incluso más allá de los límites del país. A partir de allí la estancia fuefrecuentada por personas de todas las clases sociales.
Tras su muerte, fue enterrado en el Cementerio de Salto y se construyó allí un mausoleo, que aún hoy sigo siendo un lugar de peregrinación de aquellos que le siguen atribuyendo poderes sanadores. “Muchísima gente venía a Salto el 21 de abril que es la fecha de su cumpleaños o el 4 de diciembre, aniversario de su muerte. Venían a ofrecerle su tributo por algún favor o milagro que les haya cumplido o a pedirle algo. Se puede ver en el en el mural del cementerio la cantidad de placas que la gente le fue dejando a lo largo de la historia.”
“Sin embargo, es una fe que no se fue transmitiendo de generación en generación. Muchísimas personas que vienen a Salto a visitar el camping o el balneario nos cuentan que venían cuando eran chicos con sus tíos, con sus abuelos y demás y hay mucha gente que nos cuenta que conoció Salto por Pancho Sierra, pero hoy ya son muchos menos los que mantienen esa creencia.”
La vida en Salto es tranquila. A la hora de la siesta en la calle no anda nadie. Tanto en la ciudad cabecera como en las seis poblaciones rurales del partido, se sigue respirando esa paz de los pueblos donde convive la ciudad y el campo. Hay una intensa actividad cultural, con cinco grupos de teatro independiente y más de cuarenta bandas de música. Y por supuesto, en cada rincón se puede encontrar ofertas gastronómicas que rescatan los más tradicionales platos de la cocina criolla.

Cada 25 de enero, la ciudad se viste de gala para celebrar la Fiesta de San Pablo, el patrono de Salto, con números artísticos, ferias artesanales y gastronómicas y desfile de agrupaciones tradicionalistas.
Como en tantos otros lugares, algunas de sus fiestas populares producen en alguno de los pequeños pueblos rurales una verdadera invasión de visitantes. Eso seguramente volverá a ocurrir en la localidad de Berdier, de unos 180 habitantes, donde el 24 de noviembre se celebrará la novena edición de la Fiesta de la Tortita Negra, homenaje a un histórico panadero del lugar, y que promete reunir a más de 10.000 personas.
Según el Director de Cultura, el encanto del lugar tiene que ver con no perder su esencia. “El partido de Salto está desarrollando un emprendimiento turístico que tiene que ver con la preservación de las localidades tal como las conocemos ahora, desalentamos el turismo industrial, el turismo masivo, buscamos que cada localidad soporte la cantidad de público que puede recibir y no más que eso. Para tener una buena convivencia, preservar los pueblos como son, la naturaleza y la tranquilidad que tienen.”