miércoles 27 de mayo de 2026
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POSTALES DE PROVINCIA

Una vida de aplausos, rutas y memorias

Los recuerdos de Juan Carlos Lapolla Loyal, el vecino de Rauch que se crió en un circo criollo
miércoles 27 de mayo de 2026

La llegada de los circos a los pueblos pequeños, especialmente en localidades rurales de la provincia de Buenos Aires transformaban completamente la vida cotidiana. Aparecían de un día para otro grandes carpas, carromatos, casillas rodantes y jaulas con animales, despertando fascinación en chicos y grandes. Para quienes vivían en zonas donde casi no existían otros entretenimientos, la llegada del circo representaba un acontecimiento mágico e inolvidable. 

Juan Carlos Lapola Loyal es un actor independiente de la vecina ciudad de Rauch. Con una amplia trayectoria escénica, es un ciudadano comprometido con su entorno. Director del Teatro Candilejas, ha sido Presidente por muchos años de la Fiesta Nacional del Ave de Raza y actualmente coordina el área de Cultura Municipal. Hace 54 años, Juan Carlos y su hermano “Bocha” dejaron el mundo trashumante del circo y se radicaron allí, el primero para trabajar como cajero del banco Provincia y el otro en un estudio contable. Ambos ya jubilados, nunca perdieron la pasión que nació bajo la carpa del “Circo de los Hermanos Loyal”.  

Juan Carlos acaba de publicar su libro “Bajo la lona del tiempo”, obra autobiográfica en la que reúne recuerdos personales, historias familiares y experiencias vividas durante dos décadas de vida itinerante recorriendo ciudades, pueblos y parajes. 

Lapolla nació en 1949 en un circo  que pertenecía a una familia con cuatro generaciones de artistas circenses. Su abuelo materno, de origen francés, llegó a la Argentina hacia fines del siglo XIX junto al famoso “Circo Frank Brówn”, una compañía inglesa que recorría América Latina. La familia trabajó en Buenos Aires y posteriormente continuó viajando por distintos países y provincias. Su abuela Josefina pertenecía a la reconocida familia circense Alarcón, y fue muy amiga de Blanca Podestá, una de las pioneras del teatro argentino. Posteriormente se unió con Alfredo Loyal, formando así la dinastía de los Loyal:  Paulina ( madre de Juan Carlos y "Bocha"), Carlos y Gastón.

 

El “circo criollo” tenía una estructura muy particular dividida en dos partes. La primera consistía en números tradicionales de circo: trapecistas, acróbatas, alambristas, barristas y ejercicios de volteo sobre caballos. Juan Carlos aclara que su circo nunca utilizó animales salvajes, únicamente cuatro caballos destinados a números ecuestres.  

La segunda parte era teatral y constituía el verdadero corazón cultural del circo criollo. Allí se representaban obras gauchescas y dramas populares argentinos y uruguayos. Lapola destaca que, en una época sin televisión y con muy poca oferta cultural, estas representaciones eran fundamentales para acercar el teatro a los pueblos más alejados.

El circo llevaba espectáculos en vivo a lugares donde muchas personas jamás habían visto una obra teatral. Según explica, el teatro argentino nació bajo las carpas del circo antes de trasladarse a las grandes salas urbanas. Entre las obras más representadas menciona clásicos como “Juan Moreira”, “Martín Fierro”, “Santos Vega”, “Mate Cocido”, “Flor de Durazno”, “El Rosal de las Ruinas” y “El Rancho del Hermano”. El repertorio incluía entre quince y veinte obras distintas que iban rotando cada noche, permitiendo que el público regresara continuamente al circo para ver nuevas historias.  

La familia Loyal realizó innumerables giras por pequeños pueblos y parajes rurales de la provincia de Buenos Aires y otras regiones del país, localidades y estaciones ferroviarias donde el circo actuaba ante comunidades numerosas ligadas al trabajo rural. En muchos lugares el circo era prácticamente el único gran acontecimiento cultural del año. 

 La compañía viajaba con entre quince y treinta personas, incluyendo familiares y números contratados en Buenos Aires, especialmente en el tradicional “Café de los Artistas” ubicado sobre Corrientes y Paraná, donde acudían malabaristas, trapecistas y ejecutantes de distintas disciplinas en busca de un conchabo por una temporada. Todos colaboraban en múltiples tareas: actuar, montar la carpa, vender entradas y organizar la vida cotidiana.  

En algunos pueblos, jóvenes sin rumbo fijo se unían temporalmente al circo y acompañaban a la troupe durante varias localidades antes de regresar a sus hogares. Juan Carlos menciona también el enorme impacto que tenían los radioteatros en la imaginación popular. Las personas escuchaban a los actores por radio y luego acudían a las funciones teatrales esperando encontrar a los personajes exactamente como los habían imaginado, aunque muchas veces la diferencia entre la voz radial y la apariencia real generaba sorpresa o desilusión.  

En cuanto a la economía del circo, Lapolla explica que era una vida muy sacrificada. Había noches de gran éxito y abundancia, pero también semanas enteras con escaso público. Recuerda una enseñanza permanente de su madre: “cuando hay, hay; y cuando no hay, nos ajustamos”. La familia podía pasar de celebrar con grandes comidas luego de una función exitosa a cenar simplemente café con leche y tortas caseras cuando la recaudación era baja. A pesar de las dificultades, el fuerte espíritu familiar y comunitario caracterizaba la vida circense.  

En su libro describe los viejos camarines de lona y las condiciones precarias en las que trabajaban pero reivindica el enorme valor social y cultural que tuvo el circo criollo, especialmente por llevar teatro y entretenimiento a lugares aislados donde la población tenía muy poco acceso a manifestaciones artísticas.  

Ya no existen compañías que mantengan aquella estructura de dos partes con teatro incluido, ese modelo prácticamente desapareció hace varios años, pero el carácter mágico, misterioso y profundamente humano de aquellos pequeños circos que recorrieron durante décadas los pueblos argentinos llevando cultura, teatro y fantasía,  dejó un recuerdo imborrable en generaciones enteras. 

 

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