2026-05-02

POSTALES DE PROVINCIA

Laberinto Pampa: el arte de la naturaleza

Un lugar lleno de magia en san Antonio de Areco

San Antonio de Areco es una ciudad ubicada en el norte de la provincia de Buenos Aires, a unos 113 kilómetros de la Capital. Es un destino turístico donde el principal atractivo tiene que ver con nuestras costumbres criollas, donde la gastronomía, el folklore y la historia han logrado que en el año 2015 haya sido declarada “Capital Nacional de la Tradición”. 

Los visitantes encuentran en sus calles viejos bares, boliches y almacenes detenidos en el tiempo, así como distintos comercios y ferias donde se ofrece el trabajo artesanal de plateros, sogueros, talabarteros y otros oficios relacionados con el mundo rural. Además, la ciudad cuenta con ocho museos entre los que se destacan el Museo Histórico Ricardo Güiraldes y el Museo Las Lilas que conserva parte de la obra del dibujante Molina Campos. 

Apenas a unas cinco cuadras de la plaza principal y de la iglesia del pueblo, se encuentra la estancia “La Cinacina”, un hermoso espacio verde que ofrece un servicio de alojamiento en el antigüo casco, un restaurante y diversas actividades recreativas.  

Desde hace un año, en ese lugar se puede disfrutar de un atractivo que combina el arte con la naturaleza: el Laberinto Pampa. El proyecto combina diseño paisajístico y cultura gauchesca en un espacio pensado para la contemplación, la experiencia sensorial y el encuentro con el entorno natural. La idea comenzó a desarrollarse hace unos siete años atrás. 

 El dueño de la estancia convocó especialmente a la artista May Borovinsky para crear un laberinto vegetal que estuviera vinculado con la identidad cultural de San Antonio de Areco. Borovinsky se formó como profesora de escultura, estudió licenciatura en artes y luego se especializó en gestión cultural y arquitectura del paisaje. Desde el año 2005 desarrolla proyectos artísticos relacionados con la naturaleza, con una propuesta que combina arte contemporáneo, diseño paisajístico y experiencias inmersivas. 

A partir de esa búsqueda conceptual surgieron dos diseños inspirados en formas típicas de la platería criolla: la pluma de ñandú y la flor del pensamiento, símbolos presentes en las rastras gauchas, esos cinturones tradicionales adornados con monedas y piezas de plata.  

Para concretar el proyecto se trabajó con distintas especies de bambú. Borovinsky explicó que existen más de 1.600 especies en el mundo y que el bambú es considerado un importante “remediador ambiental planetario”. Luego de numerosas pruebas, seleccionaron más de diez especies diferentes que aportan distintos colores, alturas y texturas. 

Algunos bambúes crecen formando bosques y otros en forma de mata, algo fundamental para diseñar los caminos y permitir que el laberinto pueda modificarse con el tiempo. Uno de los recorridos está pensado como un “laberinto para perderse”, mientras que el segundo funciona como un espacio de contemplación y meditación.  

May contó además las enormes dificultades naturales que debieron enfrentar durante el desarrollo del proyecto: inundaciones de más de dos metros de agua, fuertes heladas y períodos de sequía. Destacó que trabajar con la naturaleza implica paciencia, incertidumbre y una constante colaboración con el “reino vegetal”, aceptando que las plantas también modifican y condicionan el diseño original.  

Dentro de un predio que ocupa unas 44 hectáreas, el sector de los laberintos utiliza aproximadamente media. Gracias a ciertas especies de bambú que expanden sus rizomas horizontalmente, los caminos pueden rediseñarse cada año, de modo que el visitante nunca encuentra exactamente el mismo recorrido. Además, dentro del laberinto se generan distintos espacios para actividades culturales y recreativas.  

Entre las propuestas destacadas aparece el “Festival de Laberinteros”, realizado durante vacaciones de invierno, donde los visitantes se encuentran dentro del recorrido con narradores, talleres, artistas y actividades participativas. El espacio funciona así no solo como atracción turística sino también como escenario cultural y comunitario.  

Otro aspecto muy original del proyecto es la utilización gastronómica del bambú. Borovinsky explicó que los brotes tiernos de ciertas especies son comestibles y muy valorados en la cocina oriental. En el restaurante de la estancia se desarrollaron snacks elaborados con brotes de bambú y también un “trago floral” que se ofrece durante la llamada “hora dorada”, al atardecer, junto a la laguna y los jardines floridos.  

Otra experiencia es la llamada “Susurros de Tacuara”. Allí, cada visitante toma un pequeño trozo de caña de bambú y escribe un deseo, agradecimiento o intención personal. Luego le agregan una hoja del bambú y lo cuelgan dentro del laberinto, generando un sonido similar al de los llamadores de ángeles o campanillas de viento. La actividad apunta a generar una conexión emocional y simbólica con el espacio.  

En cuanto a las visitas, el acceso es libre durante fines de semana y feriados, entre las 11:30 y las 18:30, sin necesidad de reserva previa. El ingreso al laberinto incluye el acceso a la estancia, y quienes se hospedan en el hotel tienen incluidas todas las actividades.  

Temas de esta nota
Te puede interesar