2025-11-24

POSTALES DE PROVINCIA

Una casa de té y un piano de cola: la historia de un pueblo que renace con la música

Dennehy y el proyecto de un músico soñador

Marcelino Ugarte es una pequeña población del partido de 9 de Julio, más conocida por el nombre de su estación, Dennehy, que recuerda a la familia irlandesa que donó las tierras para su fundación. Durante la primera mitad del siglo pasado llegó a tener una población de 3000 habitantes, que por distintas circunstancias fueron emigrando hasta llegar a la actualidad, donde no alcanza al centenar de pobladores. Casas desperdigadas por sus calles desiertas, las arboledas y el silencio de la llanura presagiaban un final de abandono y soledad. Pero la inesperada llegada de un director de orquesta comenzó a torcer la historia. 

Cristian Luzza nació en Capital, se crió en el barrio de La Boca, de pequeño se interesó por el violín, y en el 2001, siendo muy jóven, decidió continuar con los estudios y emprender la aventura de viajar a Europa. Ahorró dinero, compró un pasaje y se fue al País Vasco cuando Argentina comenzaba a vivir un colapso económico. La idea era hacer un viaje, un pequeño curso de violín, aprender, conocer y se transformó en una estadía de ocho años. Los primeros tiempos no fueron fáciles, cuando se acabó el dinero que llevó, se puso a tocar en la calle, se quedó sin lugar para poder dormir, conoció a unos mendigos y se fue a vivir con ellos, a una casilla de madera que hicieron debajo de un puente.  

Al año pudo alquilar una pequeña habitación y continuó estudiando hasta que en un momento determinado emprendió el regreso a Argentina y otra vez a empezar de cero ya con 31 años. Se fue a Caminito a tocar tangos junto a un amigo bandoneonista. Un día se le rompió el arco del violín y le recomendaron a un luthier de San Telmo. Este hombre, llamado Miguel se convirtió en su amigo y en sus charlas le empezó a hablar del campo y le contó que tenía una casa en un pequeño pueblito cerca de 9 de Julio. Allí arrancó otro capítulo en la vida de Cristian. 

“Yo no tenía ningún conocimiento sobre la vida en el campo y el pobre durante tres años me habló de eso. En el 2012 acepté su invitación, pues ya me daba un poco de vergüenza y viajé a Dennehy y fue inmediato, llegué y me pareció una locura el lugar. Había ido con quien era entonces mi novia, Rocío, y cuando volvimos le dije me encantaría vivir acá, a lo que ella me contestó ni loca.”  

La casa donde vive su amigo Miguel había sido la comisaría del pueblo que había quedado abandonada, él la compró a un valor irrisorio y la restauró. Una típica casona de ladrillos a la vista, aberturas de madera, galería y jardín. El violinista comenzó a soñar con tener una casa similar, algo que nunca había estado en los planes de músico trashumante. 

Poco tiempo después, se enteró que había una casa en venta. Aunque el precio era muy bajo, el tema era conseguir el dinero para la operación. “ Cuando volví al país, entre otras actividades, vendí instrumentos en una casa de música. Cuando dejé de trabajar me pagaron con unos instrumentos. Tuve la suerte de vender un clarinete que tenía publicado y ese dinero me alcanzó para comprar la casa.”  

“Fui, firmé, le di la plata al dueño y me dio una llave. Viajé al pueblito y la verdad que cuando entré me dije: que hago con esto? El piso era de tierra, no tenía varias adentro, el techo era muy bajito y yo no tenía más plata. Además, no tenía idea de como se hacían los arreglos, no manejaba herramientas, solo tocaba el violín, escuchaba música y caminaba por la Avenida Corrientes. Tuve que ir a hablar con mi abuela y con Margarita, que era la pensionada que le alquilaba el fondo y preguntarles si me prestaban algo de dinero. Y justo habían cobrado algún retroactivo de la jubilación y me dieron siete mil dólares entre las dos.”  

“Rocío me dijo hasta que el baño no esté, yo no voy a ir más. Yo estaba tranquilo en Capital y de golpe tenía una casa a 250 kilómetros donde los albañiles me decían faltan diez bolsas de cemento y al otro viernes otra vez. Yo compraba y compraba, hasta que la vecina de al lado, la Negra me avivó: usted deja las bolsas el sábado y el domingo se las llevan.” Muy lentamente, la casa se fue recuperando y varios músicos se llegaban hasta el pueblo invitados por el violinista.  

Un día, Cristian Luzza y sus amigos tocaron en la estación de tren, fueron caminando desde su casa con los instrumentos a cuestas, pusieron unas sillas y dieron un concierto a los vecinos. Esto llegó a oídos del secretario de Cultura de 9 de Julio, quien no podía entender cómo había una orquesta sinfónica tocando en ese pueblo tan pequeño. Y eso generó que años después, en 2016, se fundara la orquesta en la ciudad y el violinista se transformara en su director. Cristian, su mujer Rocío y su hija Nina, de seis meses se subieron a una vieja camioneta y se mudaron a Dennehy.  

Cristian comenzó a trabajar en una escuela de música y allí se encontró con un piano de cola. Intentó comprarlo varias veces, pero el propietario le pedía valores que no estaban a su alcance, hasta que llegó la pandemia. En octubre del 2020, entregó unos teclados que tenía, firmó unos pagarés y cumplió el sueño de tenerlo. Arregló con un fletero, tres amigos que trajeron tres más se sumaron para poder moverlo, le sacaron las patas y lo subieron a una F100 roja. Y así partió una improvisada caravana: la vieja camioneta Ford con el piano en la caja y un chico arriba para que no se abra la tapa y varios autos detrás, como si fuera un cortejo fúnebre. 

Por un centímetro no pudieron entrarlo por la ventana, así que lo tuvieron que arrastrar sobre un colchón, de costado, para hacerlo pasar por la puerta y al fin lo ubicaron en un rincón sobre tres sillas, porque en el traslado se había roto una pata. “Ahí es donde yo entiendo que digo bueno, acá tengo mi bar y ahí arrancó un poquito la idea de la casa de té. Como yo no tomo mate, me pareció una buena idea, entonces les consulté a los gauchos del pueblo y se me reían diciendo si no vendes alcohol no viene nadie. Yo me puse a arreglar la casa, le sacamos lo que era la habitación que había armado en su momento con durlock, hicimos un baño afuera, lo decoré y el 4 de abril del 2021, unos seis meses después de haber comprado el piano sin laburo, la casa era un éxito total y tenía reservas hasta con dos meses de anticipación.” 

“La idea del lugar era que venga un músico a tocar y que vos vengas a escuchar y a comer una torta casera, algo muy sencillo que después con los años si les fuimos buscando la forma, luego la Provincia nos donó libros y pasamos a ser biblioteca rural entonces la gente puede venir a leer, ahora tenemos más de treinta juegos de mesa, se juega al ajedrez,  hoy después de cinco años empezamos a encontrarle la vuelta a esta aventura que comenzó llevando un piano por la ruta 5.”  

“Yo traté de colaborar con el pueblo, con lo que tenía en mi alcance, que es la música, y el pueblo me enseñó un montón de cosas buenísimas también y estuvimos encontrando como un equilibrio. Hicimos una orquesta infantil, enseñé violín a todos los chicos que pude, y sigo dando trabajo a las chicas del pueblo que cocinan, que hacen las tortas, que atienden, esa es la manera de colaborar.” 

El director de orquesta comenzó a invitar a músicos amigos que llegan a Dennehy para encontrarse con un lugar apacible, lejos del ruido de la gran ciudad y con una sala llena con gente ansiosa por escuchar buena música. Es así que por la casa de té desfilan intérpretes de flauta traversa o vibráfono, hay noches de canto lírico y otras de tango o jazz. El público llega desde 9 de Julio, Carlos Casares o Bragado y llenan los 45 lugares que conforman la capacidad de este lugar emplazado en el pueblo que ronda los 100 habitantes. 

Han pasado más de quinientos artistas, un espacio que lo pude sostener sin tener la mínima idea de nada, nada más que la música. Ha habido días en que se nos pegaron los sorrentinos, hemos salido corriendo a comprar pan, noches en que se nos cortó la luz, pero se logra algo muy importante porque no usa amplificación, entonces imagínate una noche en un pueblito con un pianista tocando un Nocturno de Chopin, un vaso de vino, y se empieza a transformar la noche.” Hoy el lugar se ha transformado en un espacio cultural reconocido en 100 kilómetros a la redonda y 20.000 personas lo sigue a través de Instagram. 

Cristian encontró su lugar en el mundo y se le nota. Casi sin darse cuenta se animó a un gran desafío personal y logró cambiar su vida y también en parte la de este pequeño pueblo que parecía estar destinado al olvido y que hoy vuelve a renacer de la mano de la música. 

 “Ser parte de esta historia, ser parte del de ADN de estos pequeños pueblitos y poder haber dejado un poquito una huella en el lugar donde uno habita, me hace más que feliz. He tenido una vida muy armoniosa y la música me ha guiado, tuve que ir viajando y buscando y también fue la que me dio todo para llegar hasta acá.” 

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